Neuropedagogía Infantil

Mordiscos que hablan: situaciones disruptivas en los primeros años

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Esas situaciones que preferiríamos evitar, pero que forman parte del desarrollo

Entre todas las situaciones que suceden entre los niños en los primeros años, y que más disgustan a las docentes en las escuelas infantiles, pese a saber que se encuentran dentro de la normalidad del desarrollo infantil, se encuentran los …mordiscos.

Es lógico que estas situaciones no sean agradables ni para las educadoras, ni para las familias, tanto en el caso de que vuestro hijo haya sido mordido, como cuando ha sido vuestro pequeño el que lo ha hecho.

Probablemente en este malestar que compartimos, no solo influye el daño realizado, sino también el hecho de que, en muchas ocasiones, los adultos consideramos estos comportamientos como muy “primitivos” y por tanto solemos asociarles una intencionalidad que, en esta etapa, no tienen.

Y es que, en los tres primeros años, los mordiscos, los arañazos, los empujones… también forman parte de esas primeras formas de relación entre los niños que debemos, con cariño y acompañamiento, ir modelando para enseñarles otras formas de comunicarse, más adecuadas.

¿Por qué se producen?

Los mordiscos pueden suceder por diferentes causas, pero la que subyace en todas ellas, la encontramos en el desarrollo del cerebro del niño en esta etapa.

Los menores de tres años pueden morder, arañar, empujar… porque la parte de su cerebro encargada de inhibir conductas y de empatizar con otros (la corteza) no está aún madura. De esta forma si quiero algo que otro tiene, morder puede ser una forma de conseguirlo e incluso de defender mi juguete cuando me lo quieren quitar, sin que, en ningún caso obedezca a hacer daño a otro de forma intencionada, como a veces nos empeñamos en creer.

Debemos tener en cuenta que además de esa corteza inmadura, los más pequeños en esta etapa se expresan fundamentalmente a través de su cuerpo, con actuaciones corporales. Ya que no tienen un gran dominio del lenguaje que les permita explicar lo que quieren o necesitan de forma verbal, como nos gustaría.

Algunas situaciones en las que estas actuaciones son más frecuentes

Las razones por las que un pequeño puede llevar a cabo estas actuaciones impulsivas y corporales, pueden ser diversas.

Entre ellas: 

  • Por malestar con la dentición, que le hacen estar más irritable y buscar calmarse utilizando la boca. Incluso hay ocasiones en las que el mordisco sucede porque otro le ha metido el dedo en la boca…
  • Porque se encuentra cansado, con sueño o con hambre… y ante ese malestar reacciona con una respuesta corporal.
  • En el caso del período de adaptación al centro escolar, los mordiscos también son más frecuentes ya que los niños se encuentran más inestables emocionalmente y pueden manifestar este malestar a través de los mordiscos o con otras conductas disruptivas.
  • Como reacción a algo que le ha molestado de otro compañero e incluso de una situación que ha sucedido y le ha hecho activar su cerebro más reptiliano. Por ejemplo, puede morder para  defender un juguete que tiene, que quiere conseguir, e incluso ante la cercanía de otro niño que considera que está invadiendo su espacio o que le está molestando.
  • Y también en ocasiones pueden deberse a emociones positivas muy intensas. Por ejemplo por mostrarse muy excitado o muy contento, expresando esta emoción con un mordisco o un abrazo excesivamente efusivo que puede resultar molesto.
  • Para llamar la atención del adulto. Los mordiscos, los empujones, los arañazos… llaman siempre nuestra atención, y el cerebro del niño necesita la atención del adulto.  No importa si esta atención es para corregirle. En el caso de los centros escolares hay,  además, mucha «competencia» para conseguir la atención del docente ya que hay más niños, y esta puede ser una forma de conseguirla que descubre da muy buen resultado. En estas situaciones además es muy común que el pequeño nos mire mientras lo hace, como si nos dijera:  ¿te estás dado cuenta de lo que voy a hacer?
  • Por imitación de otros que lo han hecho antes. En ocasiones sucede que cuando un niño muerde, empiezan a surgir otros imitadores, que conscientes de la atención que ha despertado en el adulto esta situación, buscan lograrla replicando la conducta.
  • Y a veces no hay ninguna causa, siendo una conducta “exploratoria”, que busca experimentar con la reacción de lo que sucede cuando lo hace (como haría con un juguete en el que cuando apretando un botón suena un sonido). Esto es más frecuente en niños muy pequeños o con necesidades educativas especiales.

Identificar para minimizar: causas y soluciones

Para intentar minimizar los mordiscos (aunque no siempre lograremos que no sucedan) es útil conocer la causa concreta que los produce, ya que nuestra respuesta será más efectiva si no conocemos la causa.

  • Por ejemplo, en el caso de que se deban a la dentición podemos ofrecerles el chupete, mordedores… e igualmente podemos intentar anticiparnos cuando los mordiscos de deban a cansancio, hambre, apoyando la resolución de esas necesidades en cuanto surjan.
  • Cuando el mordisco es una llamada de atención hacia el adulto, nuestra estrategia debe basarse en potenciar esa atención cuando la conducta es adecuada, más que cuando no lo es. Para ello podemos reforzar con gestos afectuosos y lenguaje esa conducta positiva: “me encanta verte jugando tan tranquilo, ¿puedo jugar contigo?”. Si esperamos del niño una conducta positiva es mucho más fácil que se produzca (recordar, las predicciones se cumplen).
  • En el caso de que el mordisco se produzca como respuesta a sentirse molesto con otro compañero, le enseñaremos actuaciones alternativas, sencillas y ajustadas a su edad. Por ejemplo, que pidan el juguete con la mano o verbalmente si hablan, que nos pidan ayuda, que busquemos juntos otro juguete alternativo… Debemos además aprovechar estos momentos para nombrar la emoción que ha generado esa conducta, ya que para poder regular nuestras emociones primero debemos ser conscientes de ellas. Por ejemplo, podemos decir:  “Entiendo que le has mordido porque querías el juguete, pero puedes pedírselo hablando (si ya lo hace), o enseñándole a extender la mano (si aún no lo hace)”.

También puede resultarnos útil acompañarles en el juego con el grupo de iguales, y modelarlo, si creemos que el mordisco sucede porque le cuesta relacionarse con sus compañeros

Lo que SÍ debemos hacer en estas situaciones disruptivas:

  • Mantener la calma, no dejarnos llevar por la emoción del momento. Las emociones son muy contagiosas, pero nuestra actitud va a verse reflejada en los niños. Reaccionar con gritos les asustará, mantener una actitud tranquila pero firme para manejar la situación será mucho más efectiva.
  • Separar al niño que ha sido mordido de esa situación y atenderle siempre en primer lugar. Al niño que ha mordido le diremos, con voz firme y gesto serio, pero sin gritar, que no se muerde, que morder duele (sin enredarnos en explicaciones largas que no va a entender).
  • Una vez que la situación se ha calmado y que el niño mordido ha sido atendido y se encuentra bien, pondremos palabras a lo que ha sucedido: “entiendo que estabas enfadado porque querías el juguete de … pero no mordemos, hablamos (o pedimos con el gesto de la mano si no hay lenguaje). Con niños más mayores (4-6 años) y una vez que se ha recuperado la calma podríamos preguntarle qué podía haber hecho en vez de morder.
  • Reforzar los comportamientos adecuados para minimizar los que no lo son. A todos los niños les gusta agradarnos, solo que a veces no saben cómo hacerlo.
  • Igualmente, también debemos enseñar al niño que ha sido mordido a defenderse utilizando el lenguaje (“no me gusta”) o el gesto, diciéndole que no con la mano.

Lo que No debemos hacer:

Con el niño que muerde:

Aunque debemos asegurarnos de que el pequeño ha entendido que  su conducta (no él) no ha sido correcta,  ahora que ya sabemos que los mordiscos y otras conductas inadecuadas, se producen por inmadurez cerebral, castigarle por no poder controlar sus impulsos por la edad que tiene, no parece lo más justo. ¿Verdad?

Por ello debemos evitar:

  • Castigarle (ni físicamente, ni con rincón de pensar o similar):  Debemos convertir la situación en un aprendizaje, más que buscar que el niño se sienta mal por algo que no hace de forma intencionada. Etiquetarle o dejarle en ridículo delante del resto de los niños, o confundir lo que el niño hace con lo que el niño es (no es malo, su conducta no ha sido adecuada) nunca es una buena idea.
  • Ignorar la conducta cuando sucede para que no se repita. En estas situaciones no solo no podemos obviar la situación, si no que el niño tiene que entender que no debe actuar así y enseñarle otras formas alternativas de expresar sus emociones. 
  • Preguntarle por qué lo ha hecho, recordemos que es una conducta impulsiva, no racional. No sabe porque lo ha hecho ni puede contestarnos aún. El hecho de preguntarle no va a hacer que pueda reflexionar sobre ella o racionalizarla. Mejor reforzar lo que sí puede hacer cuando se siente mal en el momento en que se produce el conflicto.
  • Reaccionar de forma exagerada. – nosotros somos los adultos y somos los que debemos mantener la calma, reaccionar con gritos solo logrará asustar a los niños y no nos ayudará a resolver la situación.
  • Hablarle de esta situación en otros momentos.  Evitar hablarle de ello al recogerle de la escuela o comentarlo con otros familiares con el niño delante. Tanto porque, aún con la mejor intención, podemos reforzar la conducta al conseguir un “extra” de atención  también fuera del ámbito escolar, como porque el niño por su edad ya ha olvidado este incidente y no debemos volver sobre él. En las escuelas infantiles os lo contamos para que estéis informados, pero en ningún caso para que se lo recriminéis después.

Con el niño que ha sido mordido debemos evitar:

  • Obligarle a aceptar un beso, abrazo… del niño que le ha mordido. Ya que respetar sus emociones también incluye que se proteja y no desee en ese momento, recibir el beso del que le ha mordido. Respetemos su decisión si no desea ese acercamiento. 
  • Recordarle que le han mordido, los niños dan importancia a lo que nosotros le damos. El hecho de repetirle en casa o en otros momentos de la jornada escolar, que le han mordido, solo puede lograr que algo que probablemente no vivió como traumático, le acabe asustando.
  • Preguntarle quién le ha mordido. Es una información que no nos interesa, porque sabemos que solo son niños, y puede hacer que el niño tenga miedo de ese compañero e incluso que le culpe de otros mordiscos incluso cuando no haya sido él (esto es algo mucho más frecuente de lo que creéis, a veces culpan a niños que no han estado en el aula).

En definitiva...

Los mordiscos, al igual que otras situaciones disruptivas que se producen entre los niños, también forman parte del desarrollo y de esas primeras interacciones sociales que comienzan en nuestra etapa y que, poco a poco, tienen que ir aprendiendo a modelar y a ajustar.

Nosotros como adultos responsables, no siempre podemos evitar que sucedan situaciones que nos disgustan, pero sí debemos ayudarles a ir solventando estas situaciones dotándoles de recursos, con paciencia, afecto y siendo modelos adecuados.

Todo un reto, que, sin duda, nos dará muy buenos resultados en el futuro.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

https://neuropedagogiainfantil.com/

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Bienvenid@ a la escuela: truquitos para familias

El período de adaptación para las familias

No solo los niños sufren la adaptación, también las familias. Este post es para vosotros.

La primera adaptación de los más pequeños al centro escolar es también una adaptación para las familias, y por ello queremos dedicaros este post, ya que también los padres y madres tenéis un papel muy destacado en este proceso, y también contribuís de una forma muy relevante a facilitar que este período se produzca de la mejor forma posible.

Por eso vamos a trataros de daros algunas orientaciones por si os resultan de utilidad para afrontar estos primeros días escolares de una forma más tranquila y relajada.

Algunos aspectos importantes que debéis saber

Lo ideal: con vosotros

Si el centro que habéis elegido lo permite, permanecer con vuestro hijo los primeros días es una estupenda opción para que el pequeño se sienta seguro desde el inicio en este nuevo espacio.

Para ayudarle, facilitar que el niño explore el nuevo espacio con la seguridad que vosotros le aportáis, sin forzarle y sin insistir en que se relacione con otros niños o coja los juguetes. A veces es más útil que las familias seáis meros observadores y sea el propio niño el que os vaya guiando, quizá quiera enseñaros algo que os haya llamado la atención, quizá prefiera estar en vuestro regazo… recordar que todo está permitido estos primeros días.

¿Cuánto tiempo?

El que el niño necesite, el que el centro os sugiera, el que podáis por vuestras circunstancias.

La adaptación es diferente en cada niño. Vuestra escuela también os orientará para que ni se alargue excesivamente en el tiempo ni se ciña estrictamente a lo que habíais pensado, si teníais unos plazos concretos, e incluso en ocasiones a lo que la Escuela haya podido prever. Cada niño es único. Su adaptación también. La flexibilidad siempre es lo más deseable, debiendo ser el niño el que marque los tiempos.

Cuando este tiempo con vosotros en el centro se alarga demasiadas semanas la adaptación tampoco se terminará de completar, al igual que si  ha sido demasiado corto. Lo ideal es que dure el tiempo justo en el que el niño haya alcanzado la seguridad que necesita para permanecer en un nuevo espacio y haya establecido un vínculo afectivo con su docente.

Adaptación fácil, adaptación difícil

Si sois padres de un bebe menor de 9-10 meses, buenas noticias, la adaptación es más para vosotros que para ellos, ya que generalmente cognitivamente aun no son tan conscientes del lugar en el que se encuentran (aún está pendiente la famosa “permanencia del objeto”) por lo que su aceptación será más sencilla e incluso no será tan necesaria vuestra presencia salvo para que os quedéis tranquilos de dónde y con quién dejáis a vuestro pequeño.

Generalmente, atendiendo también al desarrollo cognitivo de los menores de tres años, la adaptación más complicada suele ser la de los niños y niñas de 1-2 años, ya que ya son plenamente conscientes de la ausencia de sus familias, pero no cuentan con tantos recursos como los niños de 2-3 años para superarlo.

Pero, no os preocupéis, los docentes lo sabemos y tenemos nuestros trucos también para esta edad.

Todas las emociones y reacciones deben ser respetadas

También podría suceder que cuando llegue el momento de la separación vuestro hijo os sorprenda y no muestre ningún tipo de disgusto. Puede que no lo haga los primeros días y en cambio lo haga después, porque ha entendido que la escuela es algo cotidiano y no en el lugar novedoso de los primeros días.

Puede que llore, que tenga una rabieta… respetemos sus emociones, todas son válidas.

A veces hay niños que se enfadan con vosotros, niños que no se dejan consolar… la solución siempre es la misma: acompañarles con afecto y darles el tiempo que necesitan.

Síntomas frecuentes de los primeros días

No os asustéis si mientras dure la adaptación se muestran más inseguros en casa, si se empeñan en acompañaros hasta en el baño… es normal, ha cambiado algo muy importante en su entorno, necesitan volver a sentirse seguros.

Son síntomas frecuentes que puedan encontrarse más cansados, que estos días duerman peor o estén más mimosos, que coman menos o recuperen algunos hábitos ya superados… no os preocupéis, todo esto pasará. Es temporal. Y no todos experimentarán todos estos síntomas, ni mucho menos. Mejor no anticipar lo que puede o no suceder y esperar, con tranquilidad, a atender su reacción cuando surja.

Para vosotros

Sin culpa

Muchas familias os sentís culpables cuando dejáis a vuestro pequeño en el centro los primeros días llorando, llamándoos… quizá os ayude pensar en todas las ventajas que la escolaridad les va a ofrecer y que suplen con creces estos complicados primeros días. Ellos no saben todo esto (aún), pero vosotros sí.

Recordarlo en los momentos difíciles.

Con seguridad

Trasmitimos mucho más con nuestro cuerpo y nuestro gesto que con nuestro lenguaje, aunque con este segundo les tranquilicemos, si nuestros gestos nos delatan, si anticipamos el momento de separación con angustia, sin querer, lo estamos reforzando. No es fácil, pero debemos intentar estar tranquilos, recordando que hemos elegido un buen lugar para nuestro hijo y que estamos haciendo lo correcto.

Despedirnos SIEMPRE (y sed breves al hacerlo)

Y… muy, muy importante, despediros siempre de vuestro hijo. Cuando os vais sin que se entere, aprovechando que está distraído, el niño se va a disgustar aún más, aunque no lo veáis. Porque si os despedís dará cierta normalidad a ese momento (“van a volver”), si no lo hacéis, pueden sentirse más abandonados, sin saber qué pensar o cuándo vais a volver. También si son mayores podéis decirles en esa despedida quién les va a recoger, les ayudará también a saber que ese momento se va a producir.

Alargar el momento de la despedida es alargar el tiempo de algo que igualmente va a suceder y no ayuda a los niños. Están ya angustiados esperando ese momento de separación que anticipan va a ocurrir. Siempre es preferible una despedida afectuosa y breve durante el tiempo de adaptación.

La importancia del reencuentro

Al recogerles hacedlo con la misma seguridad y calma, ofreciéndole vuestra mejor sonrisa, transmitiéndoles tanto con vuestro lenguaje gestual como verbal, que todo está bien, evitando hacer comentarios, preguntas o afirmaciones en negativo (¿Cuánto ha llorado? ¿lo ha pasado fatal?).

Tampoco es recomendable, si queremos dar normalidad a la escuela y que comience a formar parte de su rutina, llevarle “premios” ya que le estaremos dando a entender que es algo negativo y su asistencia debe ser reforzada.

Sin mentiras ni chantajes

Debemos evitar mentirles diciéndoles que vamos a volver antes de su horario de salida, o chantajearles para que no lloren, mentir a los niños nunca es una buena idea. Es preferible decir una verdad, suavizada cuando es necesario, pero verdad. 

Al igual que no debemos minimizar sus emociones ni quitarles importancia, mejor decir: «entiendo que estás triste porque tenemos que despedirnos, pero nos veremos en un ratito y recuerda que yo te quiero mucho», a decirles que no lloren, que no es para tanto.

Preguntad, siempre, todo lo que necesitéis saber

Preguntad siempre al centro todo lo que necesitéis conocer para sentiros seguros. Los docentes sabemos que estos primeros días son complicados y requerís más información, seguro que ellos estarán encantados de dárosla. Es importante también que no os quedéis con dudas, porque cuanto más tranquilos estéis vosotros más lo estarán vuestros hijos (lo transmitiréis).

Eso sí, evitad hacer preguntas delante del niño. Es una buena costumbre recordar, desde el inicio, que los niños entienden más de lo que a veces creemos, y hablar de ellos delante de ellos no suele aportarles nada positivo (por ejemplo, preguntar si ha llorado, si ha comido mal si es mal comedor, etc).  Si os acostumbráis a no hacerlo desde que son bebés os resultará más sencillo hacerlo también cuando sean más mayores.

Con optimismo y la mirada en el futuro

Todos los que somos madres y padres, incluso los que nos dedicamos profesionalmente a la educación, sabemos lo difíciles que son estos primeros días. Lo que cuesta esta separación y, sobre todo, las muy frecuentes lágrimas de nuestros hijos. Por eso es importante no perder de vista el objetivo y el futuro inmediato. Ese que llegará en pocos días.

Los niños disfrutarán enormemente de la escuela, de todas las posibilidades de aprendizaje y relación que les va a brindar, y rápidamente olvidarán esas primeras separaciones que también pueden ayudarles a crecer.

Os lo prometemos.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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Favoreciendo el lenguaje infantil: más allá de las praxias

Como favorecer el lenguaje infantil: más allá de las praxias

Hoy queremos contaros otras maneras de favorecer el lenguaje infantil más desconocidas y que guardan una estrecha relación con el neurodesarrollo. Y es que hay lenguaje más allá de las praxias y de los cuentos...
Te las contamos.

Preparados para hablar...

Nuestro cerebro viene ya programado para desarrollar una función exclusivamente humana y complicada para la que le han preparado miles de años de evolución: el lenguaje.

El lenguaje nos permite no solo comunicarnos, sino también organizar nuestro mundo interior, realizar abstracciones, jugar con dobles sentidos e incluso utilizar el imprescindible sentido del humor. 

De hecho nuestros antepasados prehistóricos ya se comunicaban, utilizando para ello las manos y ciertos sonidos (de ahí la relación tan estrecha que guarda el lenguaje con el movimiento). Pero la aparición del lenguaje verbal permitió a nuestra especie un avance muy importante: liberar nuestras manos para poder utilizarlas a la vez que nos comunicamos.

Los niños están preparados cognitivamente para desarrollar el lenguaje incluso antes de que nazcan, por ello cuentan ya con estructuras específicas para desarrollar esta función como el área de Broca (encargada de la expresión) y el área de Wernicke (responsable de nuestra comprensión). Pero requieren un tiempo de silencio previo hasta comenzar a expresarlo. Con esto queremos decir que, incluso durante el tiempo en el que el niño aún no habla (en torno al primer año de vida, e incluso antes del nacimiento según algunos autores) ya está adquiriendo y experimentando con el lenguaje.

 En cambio el cerebro humano no está «diseñado» para leer y escribir, si no que es la increíble plasticidad de nuestro cerebro y la influencia positiva del ambiente, la que va a permitir crear y reutilizar áreas cerebrales donde desarrollar ambas habilidades, demasiado recientes para él.

El lenguaje, una función compleja y cortical

El lenguaje es una habilidad exclusivamente humana, que requiere la maduración de sistemas motores y sensoriales, y también de nuestro cerebro más emocional, de nuestro sistema límbico.

Y esto es así porque, como todas las funciones complejas y dependientes de la corteza (de nuestra «aristocracia cerebral») el lenguaje se sustenta sobre las estructuras de nuestro cerebro subcortical, las más antiguas pero no por ello menos importantes, y las que se desarrollan en los primeros años.

Por ello un niño que ha tenido un buen desarrollo motor y sensorial tiene más posibilidades de desarrollar el lenguaje cuyas bases se encuentran, como no, en los primeros años.

Y esta es también la razón de que un pequeño con dificultades motrices, sensoriales o ambas, va a tener también con mucha frecuencia dificultades lingüísticas, y es que, tal y como solemos decir: en el desarrollo todas las áreas siempre están relacionadas y nada se produce como «departamentos estanco».

A continuación, incluimos algunas actuaciones y actividades que favorecen el desarrollo del lenguaje, hemos tratado de incluir las más desconocidas, relacionadas con el desarrollo neurológico del niño en su conjunto, ya que sabemos que las praxias son muy utilizadas en nuestra etapa, y por tanto, más conocidas por los educadores.

Observa sus acciones, sus respuestas, su lenguaje no verbal

  • Dedica tiempos cortos a observar al niño (en torno a tres minutos). Observar no es una tarea sencilla y requiere concentración, aumentando los tiempos se pierde la objetividad.
  • Presta atención a lo que “dicen” las diversas partes del cuerpo de los niños (manos, cara, piernas) y contrasta si transmiten el mismo mensaje.

Esta observación nos ayudará a entender mejor lo que necesitan y a apoyar y fomentar la comunicación, poniendo palabras a aquello que sienten. Y además seremos más conscientes de si presentan dificultades en su comunicación ya sea verbal o gestual.

Comunica de forma efectiva

La utilización de nuestro lenguaje adulto puede ser interpretado por el niño de una forma muy diferente simplemente cambiando la forma en que dirigimos los mensajes.

  • Utiliza la comunicación cooperativa, cambia órdenes por “sugerencias”. Ejemplo: ¿os habéis fijado en que el aula está muy desordenada? ¿Qué os parece si la recogemos juntos?
  • Usa el plural para que se sienta acompañado y no utilizar órdenes: quítate la ropa/vamos a quitarnos la ropa.
  • Da opciones, hay que recoger el aula y lavarse las manos/¿qué preferís hacer primero recoger el aula o lavarnos las manos?El estilo de comunicación más eficaz es el que hace de la labor un trabajo en equipo, implicándose en el pensamiento del adulto y permitiéndole sentirse parte del proceso de toma de decisiones

El movimiento: un potente organizador del lenguaje

La actividad exploratoria con manos y pies estimulan directamente los centros internos del lenguaje, ya que algunas partes del cerebro o estructuras que intervienen en el movimiento de las manos son las que se encargan de regular posteriormente el lenguaje.

De ahí que niños con dificultades de lenguaje también es frecuente que puedan tener dificultad en el uso de las manos (al garabatear, colorear…). Las manos y la boca están ligadas en el bebé desde el inicio, como se pone de manifiesto en el reflejo de Babkin (el que hace que el bebé recién nacido abra y cierre rítmicamente las manos mientras succiona para alimentarse).

Por ello fomentar el desarrollo de manos y pies a través de masajes propioceptivos, manipulación y exploración favorece el desarrollo óptimo del lenguaje. Y también por ello las canciones gestadas, de dedos… son muy positivas para el desarrollo del lenguaje. Tanto por implicar las mismas estructuras cerebrales como por acompañar el movimiento de lenguaje con ritmo.

Pero además los hitos del desarrollo motor, como el  volteo, arrastre, gateo… ejercicios de equilibrio, de braquiación, andar con patrón cruzado, juegos para el desarrollo lateral y espacial … son movimientos que favorecen el desarrollo del lenguaje ya que preparan la base de desarrollo cerebral necesaria para la posterior actividad del córtex cerebral al favorecer la relación interhemisférica, que permite construir el lenguaje, comprender lo que oímos y elaborar una respuesta para comunicarnos con nuestro interlocutor.

Actividades que implican sonidos, ritmos y lenguaje

Las actividades que incluyen movimientos rítmicos coordinados facilitan la articulación de las palabras, ya que al realizarlos desarrollamos áreas cerebrales encargadas de la motricidad fina que también son necesarias para mover la lengua.

Entre ellas:

  • Seguir ritmos sencillos
  • Discriminación de frecuencias: mostrar sonidos diferentes, graves y agudos; Golpear en superficies diferentes, de madera, latón, cartón, etc…
  • Discriminación de palabras, con ritmo y moviéndose por el espacio.
  • Utilizar poesías y rimas. las rimas son perfectas para reforzar las capacidades cognitivas (atención, memoria, concentración, apoyo a la lectoescritura, habilidades matemáticas…) o generar actitudes (tranquilizar una clase, dinamizar, saludar…). también son ideales para crear transiciones entre actividades y para reforzar el desarrollo del lenguaje y del movimiento.
  • Realizar juegos de sonido/silencio que incluyan movimiento (asociar sonido a movimiento y silencio a parar)

Actividades que incluyen la respiración y técnicas orofaciales

Las más frecuentes relacionadas con las técnicas logopédicas:

  • Ejercitar el control del soplo a través de la relajación, ejercicios de conciencia respiratoria, vocalizaciones, con pajitas, pompas de jabón…
  • Favorecer la succión, deglución y masticación en el momento del comedor y otros
  • Praxias linguales, labiales y mandibulares: Adquirir buen tono y control de la lengua permitirá colocar correctamente la posición de cada uno de los fonemas
  • Discriminación auditiva
  • Tapping con los dedos en la zona de la cara (labios, mejillas…)
  • Utilizar un cepillo de dientes para desensibilizar lengua, mejillas, dientes…
  • Dar besos, hacer pedorretas, onomatopeyas, hacer el caballito,

Y además...

  • Señalar. – acompañar el proceso de señalar del niño (hito relevante para el lenguaje) de lenguaje expresivo e ir retirando poco a poco apoyos para motivarles a hablar
  • Responder a todos los intentos comunicativos de los niños
  • Corregir de forma indirecta siempre, no interrumpir, no exigir el lenguaje (que repita, que comience de nuevo…)
  • Ampliar el discurso del niño para que pueda ir ampliándolo
  • Ofrecer un modelo de lenguaje claro y correcto
  • Realizar juegos interactivos que faciliten la comunicación
  • Evitar los sonidos de fondo o distractores
  • Establecer contacto visual, colocarnos a la altura del niño, susurrarles palabras al oído, hablarles desde diferentes posiciones…
  • Gesticular, hacer muecas, llamarle por su nombre…
  • Establecer turnos de comunicación desde la etapa de bebés
  • Ir narrando lo que hacemos para darles cada vez más lenguaje, vocabulario… cambiando entonaciones, escuchando diferentes voces, sonidos…
  • Favorecer su interés por los cuentos desde pequeños, tanto con títeres como cuentos físicos, tanto mostrándoselos como solo narrándolos
  • Introduciendo comparaciones
  • Y, como no, hablar mucho. Con corrección y claridad

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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Bienvenid@ al «mundo neuro»

Bienvenid@s al "mundo neuro"

La neurociencia nos puede ayudar en el aula, anímate a formar parte de una nueva escuela.

 ¿Y si la Neuropedagogía te pudiera hacer entender mejor a tus alumnos, sus respuestas, sus inquietudes, su forma de aprender? (o a tus hijos, o a ambos).

¿Y si conocer y aplicar la Neuropedagogía en tu aula o en tu casa, te hiciera reconciliarte con tu profesión o con tu papel de madre o padre?

Pues sí, puede hacer eso y mucho más. Porque …

Si el cerebro es el órgano que nos permite aprender, parece que tiene mucho sentido, conocer cómo lo hace, qué necesita para hacerlo y que actuaciones docentes en el aula pueden favorecer o perjudicar su aprendizaje. ¿No te gustaría conocerlas? Te lo contamos, sigue leyendo…

La moda "neuro"

En los últimos años el interés por el cerebro humano, por conocer sus funciones y su funcionamiento, por entender cómo responde ante determinadas situaciones, y qué le interesa, ha llegado a todos los campos. Prueba de ello es la gran cantidad de prefijos “neuro” que encontramos en todos los ámbitos. Por ejemplo, aplicado a la venta, con el resurgir del neuromarketing, a la economía (neuroeconomía) e incluso a la política (si, también existe ya la neuropolítica) …  y todos ellos con un mismo objetivo, lograr ser más eficaces en cada uno de sus campos de actuación teniendo muy presente que, todos y cada uno de nosotros, somos, en realidad, nuestro cerebro. El órgano que siente, piensa, decide, planifica, responde… y aprende.

En nuestro caso, también los docentes hemos empezado a incluir en nuestro vocabulario, diferentes palabras “neuro” como: neurodesarrollo, neurociencias, Neuropedagogía… también influenciados por ese auge en las últimas décadas de estudios e investigaciones sobre el desarrollo cerebral y sobre su relevancia en el proceso educativo. Y es que, si es el cerebro el que aprende, parece lógico que los docentes deseemos conocerlo más.

¿Por qué conocer el cerebro nos puede ayudar en el aula?

Este interés por este órgano, que únicamente pesa en torno a 1.400 gramos pero que consume casi un 20% de nuestra energía diaria, se ha visto favorecido gracias a las tecnologías actuales como tomografías específicas, resonancias magnéticas… que permiten visualizar en tiempo real cómo responde a determinados estímulos el cerebro de una persona viva. Y esto es lo que ha permitido acercar la ciencia a todos los ámbitos, y también al aula.

El estudio de Rosalind Picard (Poh, Swenson y Picard, 2010) en el Instituto de Tecnología de Massachusetts logró demostrar con estas técnicas y estudiantes universitarios, que las ondas cerebrales de los estudiantes durante las clases magistrales eran similares a las que presentaban en reposo. Es decir, que las clases tradicionales con metodologías en las que el docente únicamente expone, no despiertan el interés de nuestro cerebro.

Aunque las investigaciones de cómo se produce el desarrollo cerebral son muy recientes, comenzaron en torno a los años 90, sus descubrimientos son muy relevantes y aplicables a todas las etapas educativas, especialmente a la nuestra: la educación infantil. Ya que, es en esta donde se forjan los cimientos de todas las habilidades y capacidades que tendrán los niños en el futuro y que debemos favorecer en el presente.

¿Estás dispuesto a cambiar?

Por ello, tener una mirada abierta a conocer el órgano con el que aprendemos, saber qué influye en ese aprendizaje que buscamos como docentes, y estar dispuestos a cambiar nuestra práctica para ajustarlo a esa realidad, es lo que puede proporcionarnos la Neuropedagogía (también llamada neuroeducación, o neurodidáctica).

Porque los docentes somos de los pocos profesionales que “trabajamos” con un órgano que no vemos: los cardiólogos tienen a su disposición corazones, los fisioterapeutas pueden tocar el cuerpo humano, los otorrinos ver el oído…pero los maestros no podemos ver cómo está funcionando y cómo es el cerebro de nuestros niños. Por eso la neurociencia puede ser “nuestros ojos” y convertirse en un potente aliado en nuestras aulas.

 “Lo estamos haciendo bien, pero que podemos afinar más”. Bueno D. (2019)

Que la educación debe tener en cuenta al órgano que aprende, es algo que ya, Leslie Hart (1983) propuso en “El cerebro humano y el aprendizaje” y con su teoría del “cerebro compatible”. Y aunque obtuvo muchas críticas, también sirvió de inspiración a los que comprendieron que son los sistemas educativos, y los docentes en último lugar, los que debemos ajustarnos al funcionamiento cerebral para lograr aprendizajes significativos, y no al revés. Tal y como sucedía y continúa sucediendo en la enseñanza tradicional, en la que los alumnos deben aprender contenidos que, en muchas ocasiones, no van a resultar eficaces ni nuestro cerebro va a considerar relevante por la forma en que han sido presentados, por no ser significativos, por no implicar emociones.

Bienvenid@ al mundo "neuro"

La Neuropedagogia, tiene por tanto como objetivo favorecer los procesos de enseñanza y aprendizaje, potenciando el desarrollo cognitivo, emocional y social de los alumnos, partiendo del conocimiento de cómo aprende nuestro cerebro, el órgano responsable de quiénes somos y, como no, de cómo aprendemos.

Para ello cuenta con la unión de tres disciplinas: las neurociencias, responsables del mayor conocimiento actual de las estructuras y funciones cerebrales, la psicología, que apoya ese conocimiento incorporando el desarrollo y formación de la conducta y los procesos mentales, y por último la pedagogía, que se ocupa del aprendizaje, y de cuáles son las metodologías más adecuadas para lograrlo.

La unión de las tres va a favorecer ese enfoque integrador que buscamos para que la aplicación de la ciencia al aula sea un hecho, y también un proceso que, tanto el alumno como el docente pueda disfrutar de una forma amable y sencilla.

Y aunque a veces esta terminología científica aplicada a la educación pueda intimidarnos, ya que puede parecer que resta ese componente afectivo y emocional que sabemos es absolutamente imprescindible para el desarrollo y el aprendizaje del niño, la realidad es que la Neuropedagogía lo refuerza. El cerebro necesita afecto para aprender, al igual que necesita ambientes enriquecidos y estructurados y docentes sensibles que acompañen ese proceso con formación, creatividad y grandes dosis de emoción e ilusión.

La Neuropedagogía nos ayuda en el aula

Cada vez hay más centros educativos y profesionales que apuestan por las metodologías activas, vivenciales, que contribuyan a que nuestros alumnos aprendan de una forma más eficaz y efectiva, que les haga felices mientras lo hacen, y que contribuya a formar personas autónomas, críticas, creativas y flexibles. Todas ellas tienen mucho que ver con cómo se produce el desarrollo cerebral: lo que es acorde, funciona.

Conocer cómo se produce ese desarrollo cognitivo, qué lo favorece, qué es mejor evitar, y en definitiva, saber qué emociona al cerebro infantil, es uno de los retos más apasionantes de la Neuropedagogía y también comienza a ser el reto de muchos centros educativos y docentes.

Y necesitamos conocerlo para llevar a cabo aprendizajes realmente significativos, que se mantengan en el tiempo y que hagan real la personalización que queremos en el aula, respetando la individualidad y el desarrollo del niño, y contando con la emoción y la motivación como elemento imprescindible.

Porque el cerebro del niño es fundamentalmente emocional, y por ello todo lo que aprendemos cuando nos sentimos felices y emocionados se fija de una forma más profunda, aumentando la calidad del proceso de enseñanza- aprendizaje y sobre todo, despertando en el pequeño el deseo de aprender, explorar y descubrir el mundo que le rodea.

No es una metodología, pero puede ayudarnos a crearla

La Neuropedagogía, por tanto, no es una metodología, aunque sí se pueden extraer de ella muchas actuaciones metodológicas relevantes para nuestro papel docente que beneficien a los niños y niñas con los que trabajamos.

Pero además la Neuropedagogía nos va a ayudar a aprovechar esos conocimientos del funcionamiento cerebral para:

  • Enseñar (y aprender mejor), ya que vamos a ser más conscientes de cómo aprende el cerebro infantil, pudiendo utilizarlo en nuestro beneficio.
  • Ser más conscientes de los niños que pueden presentar dificultades en su desarrollo, contribuyendo a que éstas se minimicen.
  • Ayudar a los niños que ya las presentan teniendo más recursos para favorecer su desarrollo.

Por ello la Neuropedagogía, resulta útil tanto a docentes como a las familias de nuestros alumnos, para favorecer el desarrollo del niño desde todos los ámbitos teniendo presente al indudable protagonista: el niño.

 “La Neuroeducación constituye una nueva mirada, flexible, positiva, optimista, porque está en consonancia con diversas metodologías de aprendizaje activo y porque fomenta el desarrollo de competencias para la vida; o, mejor dicho, es la propia vida” (Guillén, 2017)

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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Límites, si. Por favor

Límites si, por favor

Respetar al niño, sus emociones, sus actuaciones, comprender que todas ellas están influidas por cómo está configurado su cerebro, no quiere decir dejarles hacer siempre lo que desean. Los límites dan seguridad, hacen el mundo más predecible y también nos hacen más conscientes de que no siempre podemos conseguir lo que queremos, favoreciendo la resistencia a la frustración (algo muy necesario para la vida). Y eso es educar para el mundo real.

En mis últimas escuelas de familias, y en general, en mis entrevistas con padres y madres, es muy habitual que, con la mejor de las intenciones, surjan preguntas que ponen de manifiesto que, cada vez, cuesta más poner límites a los más pequeños, e incluso que éstos empiezan a tener una connotación negativa muy alejada de la realidad.

Todos los padres y madres buscamos que, a través de la educación y de nuestro ejemplo (de esto último no siempre somos muy conscientes de ello, pero esta implicado en esa educación de una forma muy potente) nuestros hijos se conviertan en personas felices, equilibradas, autónomas y responsables.

Y para ello, los límites, son un aliado indispensable.

¿Por qué los límites son imprescindibles?

A través de ellos el niño se mueve en un entorno más predecible, que le ofrece la seguridad que necesita y que reafirma el amor, y el cuidado que le ofrecen sus figuras de referencia. Y somos los adultos los responsables de proporcionales, a través de esas normas, el conocimiento y desenvolvimiento en el entorno que les rodea.

Y sí, no siempre es fácil, sobre todo cuando estamos cansados y queremos evitar presenciar uno de esos episodios de rabietas que, aunque positivas para su desarrollo, pueden generarnos un tremendo desgaste.

Los límites no tienen por qué ser rígidos en todas las ocasiones ni nos va a convertir a nosotros en padres autoritarios o alejados de la educación positiva que queremos para nuestros hijos. Porque su objetivo es la protección, protegerles de peligros, la educación, que vayan conociendo de una forma natural lo que se puede o no hacer en determinadas situaciones, y también favorecer la autoconfianza y la estabilidad emocional, para que no se conviertan en pequeños tiranos.

Vivimos en un mundo social en el que, para sobrevivir, tal y como hicieron nuestros antepasados prehistóricos, debemos cumplir ciertas normas. Esas normas nos protegen a todos, por ejemplo, no poder pasar de un límite de velocidad al conducir, no maltratar a otras personas (y animales), etc.

Pero sin llegar a esos extremos, nuestro día a día, está repleto de momentos en los que nos gustaría actuar de forma diferente a la que debemos hacerlo. En el que, trasladado al mundo de la neurociencia, nuestro sistema límbico y nuestra corteza entran en conflicto, porque nuestra amígdala nos pide decirle a nuestro jefe “cuatro cosas”, pero nuestra corteza anticipa que eso tendrá consecuencias y es mejor no hacerlo.

Como ya hemos comentado en otras ocasiones, en el caso de los niños, su corteza es aún inmadura, y por eso ellos sí le dirían a nuestro jefe esas «cuatro cosas». De hecho ¿no lo hacen con nosotros?, su cerebro en desarrollo quiere, y está programado, para intentar salirse con la suya.

Educamos para el futuro en el presente

Pero educamos para el futuro en el presente. Y eso implica que, a pesar de cómo está configurado su cerebro en ese momento (y que implica salirse con la suya en “casi todo”), no podemos dejar que tomen el mando ni decisiones que no les corresponden. Los niños tienen que aprender casi desde el principio que hay cosas que podemos hacer y otras que no, que hay cosas que podemos decidir, pero otras nos vienen impuestas.

Y el mayor reto como padres es buscar un equilibrio entre esos límites que deben ser fijos y estables en todas las ocasiones y aquellos que no lo son, o que pueden admitir cierta flexibilidad.

 Por ejemplo, deben ser firmes todos aquellos que pueden ponerles en peligro, pero en cambio pueden ser flexibles otros como el juguete que quieren llevar al parque, la ropa que se pueden poner eligiendo entre opciones que le damos, etc.

Cuando empezar

No hay un momento concreto como tal, porque los límites deben estar presentes de una forma natural en la vida del niño. Obviamente a un bebé recién nacido o de pocos meses no hay necesidad de ponerle límites. Pero en cambio, a medida que va creciendo, y cuando siente interés por objetos que pueden comprometer su seguridad se va a encontrar con los primeros “No” y por tanto con los primeros límites (los enchufes por ejemplo o llevarse a la boca determinados objetos), aunque es cierto que en estos casos es preferible evitar la tentación, protegiendo enchufes y eliminando objetos, que poniendo normas.

En definitiva, la familia casi desde el principio, debe comenzar a enseñar normas sociales y límites a los más pequeños, que van a facilitarles el conocimiento del entorno que les rodea y la seguridad que necesitan.

Si tardamos mucho en establecer los límites porque pensamos que aún son pequeños, nos va a resultar más difícil que los cumplan y que los entiendan. Deben formar parte de su cotidianeidad y establecerse con naturalidad.

Las rutinas para iniciarse en los límites

De alguna forma los límites empiezan cuando empiezan las rutinas, ya que no podemos olvidar que es a través de momentos como la alimentación, la higiene y el descanso, cuando se inicia el orden y de alguna forma, también las “normas”. Normas que debe poner el adulto, ya que el niño no está capacitado para decidir en este momento de una forma racional y óptima.

El cerebro del bebé necesita empezar a organizarse, a reconocer el hambre, a diferenciar día de la noche…  y esos ritmos circadianos (nuestro reloj biológico ubicado en el hipocampo) son de gran ayuda para fijar esas primeras normas ya que son nuestros organizadores “naturales”.

Nos levantamos a una determinada hora, comemos en otras, dormimos… las rutinas marcan un horario que los más pequeños necesitan y que comienzan a establecer unas normas sobre las que crear la primera estructura de orden.

Al principio todas estas rutinas van a ser fáciles de cumplir, pero poco a poco, a medida que los niños crecen, también pueden convertirse en momentos conflictivos en los que debemos mostrarnos seguros para su cumplimiento. Ya que seguramente sea en las rutinas donde empiecen a manifestarse los deseos del niño por evitar la consigna.

Los niños son muy perceptivos para saber cuándo el límite es firme y cuando pueden conseguir sortearlo. Por ejemplo, cuando lo que hacen les pone en peligro, los padres suelen reaccionar de una forma muy rotunda y los niños obedecen sin discusión. En cambio, lógicamente, no concedemos la misma importancia al momento de irse del parque o de irse a la bañera.

Establecer un horario asociado a las rutinas es la primera forma de crear un entorno predecible y seguro para los más pequeños, y también de iniciarse en el orden y las normas de una forma natural.

Empiezan los consejitos: lo deseable

Todos los padres y madres nos hemos saltado los límites que nosotros mismos hemos puesto en muchas ocasiones. Y es lógico y natural. No somos máquinas para hacer lo mismo en todas las situaciones, e incluso en ocasiones esto es hasta deseable. Por ejemplo, aunque siempre sigamos unos mismos horarios en las diferentes rutinas, no pasa nada por cambiarlas un poquito el fin de semana para poder disfrutar también nosotros. Y también porque es útil enseñar a los niños que no hay que ser inflexibles ni rígidos en todas las ocasiones.

Pero sabemos que estáis buscando en este texto donde están las orientaciones para facilitar el cumplimiento de los límites, de forma que, a continuación, os mostramos algunos de ellos por si os sirven de ayuda:

  • Establecer cuanto antes unas rutinas que permitan al niño anticipar lo que va a suceder a continuación, ya que esto también facilitará la participación y el cumplimento de estas por parte de los más pequeños. Recordad que cuanto más estructurado sea el entorno, más fácil será integrarlas en el día a día y su cumplimiento.
  • Intentad estar de acuerdo padres y madres, y otras personas que atienden al pequeño sobre cuáles van a ser los límites que se van a establecer, ya que lo contrario el niño no sabrá con certeza cuando debe o no cumplirlo y buscará la forma de “saltarlo” recurriendo a unos u otros (algo que hemos hecho todos en algún momento con nuestros padres ¿verdad?).
  • También debemos tener en cuenta que nuestro lenguaje gestual y verbal sean acordes cuando nos dirigimos a los niños. Ya que hay veces que la consigna verbal es correcta, pero manifestamos con nuestro cuerpo, nuestra mirada, que no es tan relevante y puede saltarse.
  • Deben ser estables en la medida de lo posible, es decir, que no sean dependientes de nuestro estado de ánimo o de nuestros miedos, si no objetivos, razonados y razonables. Hay ocasiones en los que el límite tiene que ver más con nuestros miedos o instintos de protección que con la realidad de lo que pide el desarrollo del niño (ser excesivamente protectores y convertir el miedo en un límite no dejándole subir al tobogán, por ejemplo, cuando podría hacerlo).
  • Definir claramente lo que esperamos, evitando frases hechas como “pórtate bien” o “se bueno”. Es más eficaz especificar lo que deseamos de ellos de una forma acorde a su maduración en cada momento: “recuerda que aquí no podemos tocar nada porque se puede romper”.
  • Evitar las preguntas. Si es un límite es firme, no depende de sus deseos y por eso no debería empezar por la palabra “¿quieres?”. Mejor acompañar la consigna que deseamos transmitirles de forma firme, concreta y sin opciones. En cambio, habrá otras ocasiones en las que sí podamos darles opciones entre dos cosas en las que, por ejemplo, puedan decidir el orden. “¿prefieres recoger primero los juguetes o merendar?, van a hacer ambas cosas, pero pueden decidir cuál harán primero.
  • Siempre es mejor decirles lo que deben hacer que lo que no. Pero seguramente producto de nuestra propia educación, solemos fijarnos siempre en lo que no, no valorando tanto lo que sí hacen. Si la consigna es en positivo, e incluso si la realizamos en plural, será más fácil que la cumplan. Por ejemplo, “vamos a hablar bajito”, en vez de decirles que no griten.
  • Ofrece alternativas. En el ejemplo anterior podríamos añadir, en este momento tenemos que hablar bajito para no despertar al bebé, pero en cuanto se despierte jugamos a eso que deseas.
  • Anticiparnos. A veces es mejor tener paz que tener razón, por eso cuando podemos anticipar que lo que le pedimos va a ser más complicado de cumplir, puede resultarnos útil distraerles (en este momento evolutivo es fácil llamar su atención sobre otras cosas). Por ejemplo, si sabemos que es complicado el momento en el que se tienen que ir a la cama puede resultarnos útil decirles, “vamos a elegir el cuento que vamos a leer en la cama”, o “vamos a probar la nueva pasta de dientes que he comprado” para facilitar el lavado de dientes.
  • Recuerda la consecuencia. En muchas ocasiones nos va a resultar útil recordar al niño lo que pasó cuando no cumplió el límite, no como una amenaza, si no para facilitar que recuerde lo que sucedió. Por ejemplo: “acuérdate que la última vez que te subiste a la mesa te caíste y te hiciste daño”, “recuerda que si tardamos mucho en irnos del parque no tendremos tiempo de contar el cuento antes de irnos a dormir”.
  • Tener en cuenta los tiempos. Es muy frecuente que nuestra orden se dilate en el tiempo, por ejemplo, les pedimos que recojan los juguetes, pero el niño sabe que desde que lo decimos hasta que tengan que cumplirlo puede pasar un buen rato que puede aprovechar hasta que nos vea más “serios”. Es preferible que al decirlo estemos delante del niño y que nos mantengamos ahí esperando a que lo cumpla, animándole e incluso iniciando nosotros la acción si es necesario para servirle de ejemplo (sin hacerlo solo nosotros, obviamente). De lo contrario el pequeño entenderá que la orden se va a repetir varias veces y que solo debe cumplirla cuando ya no quede otro remedio porque nos hemos enfadado, gritado, etc.
  • Evitar enfadarnos y explicar (brevemente) la razón del límite. Evitar enfadarnos es quizá la consigna más difícil, ya que las emociones son tremendamente contagiosas. Pero nosotros somos los adultos y los que debemos poner los límites con firmeza, pero con afecto. Y ambas cosas no están reñidas.

Los niños deben saber en todo momento que les queremos y que estos límites no son para castigarlos si no para enseñarles. Por eso debemos explicarles de forma adecuada a su edad, porque los ponemos. Eso sí, tened en cuenta que, dependiendo de su maduración, una explicación muy larga y compleja no tendrá gran efecto y será más efectiva una explicación corta y concreta (pero debemos dársela porque educamos para el futuro).

En definitiva, aunque no siempre es fácil, debemos recordar que los límites que ponemos son necesarios y positivos para nuestros hijos. Y que nunca, nunca, deben ir acompañados de gritos, ni faltas de respeto, ni comparaciones, y mucho menos de castigos físicos.

Aunque no sea sencillo, pueden y deben ser oportunidades de aprendizaje, que incluso nos sirven para reforzar y alabar las conductas positivas que van aprendiendo y que son muchas (muchas más de esas “negativas” en las que solemos fijarnos). Los niños desean nuestra aprobación, siempre, incluso cuando hay desencuentros. Utilizar ese refuerzo positivo es mejor, siempre, que focalizarnos en lo negativo. Y nuestra actitud, serena, segura, cuando los ponemos es nuestro mejor aliado y también lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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El arma secreta para una buena educación emocional

El arma secreta para la educación emocional

¿cómo puedes conseguir que tu hijo o tus alumnos se conviertan en adultos equilibrados emocionalmente?
sigue leyendo, tienes al experto para formarle muuuuuy cerquita.

En los últimos años se habla y se valora cada vez más la importancia que tienen las emociones en la educación de los niños. Los aportes de las neurociencias también avalan esa relevancia. Sabemos que no hay desarrollo infantil posible, ni físico ni cognitivo, cuando hay privación de afecto. Pero además también ahora sabemos que somos más seres emocionales que racionales.

Porque todo lo que pensamos, lo que recordamos, nuestras respuestas… pasan por un filtro emocional, en la mayor parte de las veces inconsciente, que nos hace ser quiénes somos.

Si has llegado hasta aquí es porque quieres encontrar ese recurso que te he prometido y que es el más importante para tu hijo o tu alumno.

Pues ese recurso lo tienes delante de la pantalla. Eres tú.

¡Qué responsabilidad! y que privilegio a la vez.

¿Por qué? porque somos su corteza

En una etapa en la que aún no ha madurado su corteza cerebral, la parte más sofisticada y evolucionada de nuestro cerebro, que racionaliza las emociones, nosotros somos su corteza.

Tener esto muy presente es muy relevante, ya que uno de los errores más comunes que cometemos los adultos, es tratar y hablar a los niños como si ellos tuvieran el mismo cerebro racional que nosotros. Por eso nos alargamos en explicaciones  que aún no comprenden, o les exigimos actuaciones que no son acordes a su edad, porque aún no han madurado lo suficiente.

El modelo y las neuronas espejo

Nuestro modelo es imprescindible y mucho más potente que cualquier otro recurso.

 La explicación de las neurociencias sobre la importancia del modelo nos llevaría a hablar de las neuronas espejo, descubiertas hace relativamente poco por Giacomo Rizzolatti y su equipo de investigadores de la Universidad de Parm, y que son las responsables de nuestros comportamientos imitativos.

Pero también  son los responsables de la empatía y de la sociabilidad de una forma muy determinante. Las neuronas espejo están en diferentes áreas de nuestro cerebro y se activan cuando observamos una acción, aunque la realicen otros e incluso cuando la simbolizamos (cuando hacemos como si la estuviéramos realizando).

Se activan cuando otra persona está triste, contenta, cuando bosteza… de forma que podamos imitar o empatizar con su conducta. Incluso realizar predicciones acerca de su comportamiento (está enfadado, me va a gritar).

Este descubrimiento da respuesta incluso a la cultura popular que siempre ha afirmado que los niños aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos.

Nadie dijo que fuera fácil...

Y es que, ¡Qué importante es contar con una buena educación emocional! Y qué difícil…

Para empezar porque es algo tan “reciente” que los padres y madres probablemente no hayamos tenido muy buenos modelos de los que aprender. O sí, pero modelos espontáneos, porque antes (no hace tanto), incluso se miraba con malos ojos ser empático, paciente, asertivo, cooperativo, proactivo… cualidades que ahora están en alza y a las que casi nos sentimos obligados a tener, aunque sean difíciles de aprender y aún más de practicar.

Educar es equivocarse, por lo que las equivocaciones están permitidas.

Recursos para expertos emocionales como vosotros

Y por eso nuestro primer consejo (que fácil es darlos y que complicado a veces practicarlos) es:

PEDIR PERDÓN Y CONTAR HASTA DIEZ

Si, lo que habéis leído, pedir perdón. Porque nos vamos a equivocar y no vamos a respetar sus emociones muchas veces (porque estamos cansados, porque ese día no tenemos paciencia…). Porque cuando la conducta de nuestros hijos nos hace enfadar respondemos con nuestra amígdala, que es instintiva e incontrolable, en vez de con nuestra corteza, que piensa y reflexiona.

Y por eso ese truco de “contar hasta diez” funciona. Da tiempo a que racionalicemos la conducta antes de contestar o actuar de forma impulsiva (tal y como le está pasando a nuestros hijos en ese momento de conflicto).

REGULAR-NOS PARA REGULAR-LES

Relacionado con lo que acabamos de contaros, nosotros debemos ser el modelo porque somos la corteza, la racionalidad, de nuestros hijos que aún no tienen completamente desarrollada la suya.

Pero para poder serlo, tenemos que conocernos a nosotros mismos y ser capaz de autorregularnos. Y como dice Aldort (2009), darnos tiempo para hablar en silencio con nosotros mismos, aislándonos del comportamiento y de las emociones de los niños, para centrarnos en ellos (en su emoción) y no en la nuestra. Este es un reto muy difícil, porque las emociones son tremendamente contagiosas.

Y eso incluye pararnos a reflexionar si lo que les decimos cuando están y estamos enfadados, es lo que debemos decirles racionalmente o si está influido por lo que inconscientemente hemos aprendido, nuestros miedos, nuestros recuerdos, etc.

Nadie dijo que fuera fácil. Y lo primero para poder evolucionar y cambiar, es ser conscientes.

FOMENTA LA EXPRESIÓN DE EMOCIONES

Ya hemos hablado en otras ocasiones de la diferencia entre emoción y sentimiento, y que las emociones son inconscientes, involuntarias, contagiosas, subjetivas e intensas. Pero también muy cortas en el tiempo. Limitarlas es imposible.

No podemos evitar sentir ira, alegría, miedo… y los niños tampoco. Y ponerles nombre es la primera manera de reconocerlas. Y reconocerlas es el primer paso para saber manejarlas.

Por eso debemos evitar minimizar las emociones, el famoso “no pasa nada” cuando se caen, cuando se sienten mal… e incluso preguntarles porque lloran, porque la gran mayoría de las veces, ni ellos mismos lo saben.

Nombrar la emoción que sienten es un buen consejo, porque les ayudará a ser capaces de reconocerla y poder controlar la conducta que va asociada a esa emoción cuando llegue el momento. Y también es un buen consejo permitir que experimenten con ellas, porque todas ellas son importantes y tienen una función que cumplir (son imprescindibles para la supervivencia).

Otra cosa es la conducta que va asociada a la emoción, que esa en ocasiones sí tendremos que limitarla (puedo estar enfadado pero no puedo tirar los juguetes porque lo esté, por ejemplo).

LA FÓRMULA DEL APEGO

Naomí Aldort (2009) en su libro “Aprender a educar sin gritos, amenazas ni castigos”, utiliza la llamada fórmula del apego, que también puede resultarnos útil, y que de forma sencilla, resume las actuaciones que podemos realizar los adultos para ser buenos modelos emocionales. Os las contamos:

  • A: Aislarse de las emociones del niño para encontrar la calma y actuar reflexivamente.
  • P: Prestar atención al niño y a lo que le sucede (poner el foco en el niño y no en nosotros)
  • E: Escuchar al niño, tanto lo que dice verbalmente si es el caso, como lo que dice con sus acciones , colocándonos a su altura, estableciendo contacto visual, dándole a entender que le comprendemos
  • G: Garantizar la validación de sus emociones y necesidades.
  • O: otorgar poder al niño para resolver su dificultad, confiando en él y ayudándole cuando lo necesita.

Este último punto también es importante, especialmente con los más pequeños. Ya que tendemos a “resolver” siempre las situaciones conflictivas que surgen (peleas por juguetes, riñas entre hermanos, etc.) sin dejar que ellos lo intenten, os lo explicamos a continuación.

ACOMPAÑA Y CONFÍA

Un niño muy pequeño va a pedir nuestra ayuda para resolver sus conflictos. Es lógico (acordaros, somos su corteza). Vendrá desconsolado a pedirnos apoyo cuando no le dejan jugar, le han quitado un juguete, le han pegado o mordido… en estos casos la tentación de resolver por ellos la situación es muy grande.

Pero probad a acompañarles. Cuando surge un conflicto y acompañamos al niño a pedir explicaciones le estamos ofreciendo la seguridad que necesita para hacerlo, y también le estamos diciendo que es capaz de defenderse. Importante para su autoestima, ¿verdad?

Esto se puede practicar incluso con niños que aún no tienen lenguaje (precisamente por eso surgen los conflictos, porque se expresan con el cuerpo). Nosotros pondremos el lenguaje (“dile a Juan que no te ha gustado lo que ha hecho) y el pequeño podrá utilizar el lenguaje gestual para apoyar el discurso, diciendo que no con la cabeza, ofreciendo su mano para que le devuelvan el juguete, etc.

CUENTA LA HISTORIA

Una vez que el niño se encuentra calmado contarle lo que ha ocurrido, o que él pueda contárnoslo, si su edad le permite hacerlo, es una estupenda idea. Porque de esta forma será más consciente de esas emociones que sintió e incluso de la conducta que acompañó a la emoción por la situación en la que se encontraba. Además de esta forma convertirá esta experiencia en aprendizaje.

Porque los conflictos también ayudan a crecer y son oportunidades de aprender.

EVITA SITUACIONES DE ESTRÉS

A veces, también manejando situaciones emocionales, la mejor batalla es la que no se produce. Las situaciones conflictivas producen estrés tanto en el niño como en nosotros. Y el estrés es el mayor enemigo de nuestro cerebro y del suyo.

Cuando dejamos llorar a un niño por no hacerle caso, o le aislamos (sentarse a pensar, por ejemplo) su cerebro empieza a producir cortisol, una hormona asociada al estrés, que aún no pueden gestionar y que en edades tempranas es muy dañina.

Por eso anticiparse, cuando sabemos que están cansados, hambrientos, soñolientos… respondiendo a esa necesidad antes de que surja el conflicto es una buena idea. E incluso a veces será suficiente distraer a su cerebro antes de que se produzca la rabieta. En la etapa infantil es francamente fácil captar su atención con otro estímulo que le haga olvidarse de que quería el jersey azul y no el rojo.

Podríamos seguir, pero esto ya se está haciendo un poco largo. Así que vamos a terminar como empezamos:

Con la importancia del modelo, y es que, si los niños sienten nuestra cercanía afectiva, si somos capaces de trasmitir nuestro cariño no solo con lenguaje verbal sino también gestual y táctil (importantísimo tocarles), ya estaremos siendo unos modelos estupendos.

Y esta última parte, quererles, es la más fácil de todas.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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Yo tengo un cuerpo y… lo voy a mover

yo tengo un cuerpo y... lo voy a mover

Así empieza una de mis canciones favoritas que bailan en una de mis escuelas favoritas. Y así he decidido que debía llamarse esta reflexión de la tremenda importancia que tiene el movimiento en los primeros años.

¿Por qué debería moverlo?

El movimiento hace madurar al cerebro.

El movimiento favorece la integración de los reflejos primitivos para dar paso a los reflejos posturales y a los movimientos voluntarios.

Más de la mitad de nuestras neuronas de una forma u otra participan en el movimiento (¿será porque es importante?).

Lo que observamos en los niños, todas las respuestas de damos (ellos y nosotros) las ofrecemos con el movimiento (sí, también cuando son lingüísticas, porque para hablar movemos la lengua, la boca, vibran las cuerdas vocales…).

Tenemos un sistema nervioso tan sofisticado porque nos movemos.

Y así podría seguir durante toda esta reflexión, y me daría para escribir unas cuantas hojas. Pero no pretendo aburriros.

Espero que me creáis.

¿Y qué hacemos a veces en casa y aún en muchas aulas de educación infantil?

Limitar su movimiento haciendo actividades para las que aún no están preparados como sentarles a hacer fichas en la etapa de cero a tres, mantenerlos quietos en asambleas interminables hablando de conceptos abstractos como el tiempo, el día de la paz…incluso hay centros donde se hacen “asambleas” con bebés.  ¿Os suena?

Todas estas actividades que, si bien no son dañinas en sí mismas, nos están quitando tiempo para las que sí son muy relevantes en nuestra etapa. Y los propios niños nos lo dicen, nos lo muestran con su comportamiento

¿Acaso un niño de 1-2 años no está permanentemente intentando subirse a todo lo que puede para probar su equilibrio?
Claro, una vez adquirida la locomoción, necesita experimentar con su sentido vestibular, el sistema sensorial que integra casi todos los sentidos. (Si no lo hiciera, cuando sea adolescente no podrá escribir con el móvil mientras anda… por ejemplo :).

¿Acaso alguien ha visto a un niño de 2-3 años que esté quieto durante mucho tiempo?
Su programación genética sí sabe que tiene que hacer (moverse, experimentar, crear conexiones sinápticas) pero hemos inventado miles de artilugios y de estrategias para mantenerles quietos y… tranquilos.

¿y los bebés?
Los catorce primeros meses son decisivos para su desarrollo cognitivo presente y futuro. Se están creando los cimientos que van a sostener todas sus habilidades complejas y propias de nuestra especie. El suelo es el lugar por excelencia para lograrlas. Es en el suelo y a través del movimiento como se conectarán sus sistemas sensoriales, cómo su visión ensaye la convergencia y divergencia que necesitará para ver la pizarra, cómo su cuerpo experimente con el equilibrio con el primer volteo, cómo empezará a sentirse capaz cuando logra poquito a poco su movimiento autónomo. Parece lo suficientemente relevante como para destinar nuestro tiempo en casa y en la escuela a acompañarles para hacer del suelo un espacio del que disfruten ¿verdad?

El cuerpo, mi instrumento de trabajo

No solemos pensar en que el cuerpo es, para todos nosotros, nuestro máximo e imprescindible, instrumento de trabajo.

Si yo no me siento segura con mi cuerpo difícilmente voy a sentirme segura en muchas situaciones que van a surgir en muchos momentos de mi vida (en mis cursos pongo como ejemplo el “horror” que prácticamente todas compartimos a saltar el plinto, o el potro, de uno en uno mientras todos los compañeros del cole te miraban…).

El control del cuerpo afecta, por tanto, a lo emocional. Pero también a nuestro lenguaje, el lenguaje gestual sigue siendo mucho más potente e importante de lo que creemos, de hecho, cuando hay contradicción entre el lenguaje verbal y el gestual, nuestro cerebro da más credibilidad al segundo. En conclusión, creo que solo somos conscientes de la importancia de nuestro cuerpo cuando… falla (cuando nuestro sistema vestibular no funciona bien y nos mareamos, por ejemplo).

Pues bien, si es importante para los adultos tener control sobre nuestro cuerpo, imaginad para los niños, que aún tienen que aprender a manejarlo. Necesitamos en torno a doce meses de experiencia motora previa para poder caminar, pero los meses anteriores son importantísimos e imprescindibles para que este hito de gran trascendencia para nuestra especie, se complete con eficacia.

Un bebe que ha pasado por todas las etapas, por todos los hitos motores, será un niño que ande con soltura, sin caerse, colocando bien las manos cuando tropiece para protegerse y también un pequeño que sepa dónde acaba su cuerpo y empieza el de otro.

Un niño que controla su cuerpo, que ha aprendido en la etapa infantil a coordinar sus manos y sus ojos de forma automática, tendrá por ejemplo mucho ganado para empezar el aprendizaje de la lectoescritura… y la forma más fácil de apoyarla es… sorprendentemente no poniéndole a pintar para que ensaye (ni mucho menos) sino facilitando que primero tenga control sobre sus movimientos generales, para que después pueda desarrollar sus movimientos precisos. Y… sorpresa, eso se adquiere en la etapa infantil. En la nuestra, la más importante.

 
 

Como favorecer el desarrollo infantil

Imagino que ya sabéis la respuesta.

Déjalos moverse. En todas las edades. Y en primaria y secundaria facilita los descansos activos (tiempos entre las diferentes materias para moverse y desconectar para volver a conectar).

Inicia la jornada con una actividad de movimiento (activa todas las redes, favorece la plasticidad cerebral y además, luego tendrás de premio, más tiempo de atención). De hecho también en el cole esta debía ser la actividad que arranque la jornada.

Los bebés tienen que estar en el suelo, no en hamacas, ni siquiera en parquecitos (los barrotes limitan la visión de profundidad). Un bebé que está acostumbrado a estar en el suelo acaba siendo un bebé feliz, independiente, aventurero y disfrutón. Y además con un mejor desarrollo (eso sí, no lo sientes hasta que no lo haga por sí mismo; la sedestación prematura dificulta, y mucho, el movimiento).

En las aulas de infantil de primer ciclo ten siempre presente que, lo que más va a favorecer el desarrollo cognitivo (ojo, he dicho cognitivo) del niño es el movimiento y la experimentación sensorial (aderezada con afecto, imprescindible).

Los colores, las formas geométricas, los números… son prescindibles, si se los cuentas, mejor, porque todo les interesa y cada uno se quedará con lo que en ese momento su cerebro esté preparado para asumir. Pero  no tienen que aprenderlos ni es un objetivo a conseguir en esta etapa. La explicación la encuentras en su cerebro: los conceptos abstractos requieren la maduración de la corteza, la parte más evolucionada de nuestro cerebro (y en este momento no está madura).

Pero en cambio la corteza necesita de unos buenos cimientos, que debemos favorecer en los primeros años.

Hay mucho tiempo para aprender conceptos, pero manejar su cuerpo es AHORA. Es lo mejor que podemos hacer por nuestros niños de infantil que están despertando al mundo, permitirles disfrutar y aprender con su cuerpo, en un ambiente alegre, afectivo, para que asocien aprender a disfrutar, porque vamos a aprender durante toda nuestra vida. ¿Te he convencido?

(por cierto, la canción la encontráis en youtube y además favorece la simetría activando las “dos partes” de nuestro cuerpo y por tanto la actividad del cuerpo calloso y su futura lateralidad. Yo dedico este post a mi amiga Sarai, que baila esta canción con los niños como nadie)

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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¿Qué pasa antes de nacer?

¿Qué pasa antes de nacer?... curiosidades sobre el mundo "antes"

El embarazo es sin duda una época inolvidable para los futuros padres, pero seguro que no somos tan conscientes de todo lo que está sucediendo en el feto durante esos intensos nueve meses.  Esta etapa es muy importante para su desarrollo posterior, y en ella tiene un papel mucho más activo del que se creía. Comienzan los ensayos para la vida posterior…

Os contamos algunas curiosidades sobre eso que pasa, antes de nacer.

Empezando por el principio, ¿quién decide el sexo?

Los genetistas nos enseñaron que es el cromosoma que aporta el espermatozoide del varón el que decide el sexo. Ya que los cromosomas femeninos son XX, mientras que los masculinos son XY. De esta forma, la madre siempre ofrecerá un cromosoma X y será el padre, seleccionando el X o el Y el que decida el sexo del bebé. Siendo XX para las mujeres y XY para los hombres.

Pero en la actualidad diferentes investigaciones han descubierto que también la madre tiene un papel determinante. Ya que las condiciones del medio en el que la unión de los gametos se produce, también favorecerán a uno u otro. Por ejemplo un medio más ácido o adverso beneficia a los espermatozoides X (más resistentes y duraderos) y en cambio en condiciones favorables, y cuando el óvulo está preparado, los Y son más rápidos y tendrán más probabilidades de imponerse.

¿Hay que esperar tanto para saber el sexo del bebé? pues ... no (al menos en el futuro)

El gran dilema por el que todos los padres esperan con ansiedad la famosa ecografía de la semana 20… El sexo de un bebé se establece en el mismo momento de la concepción, aunque los órganos sexuales del bebé no sean visibles hasta aproximadamente esa semana y por esta razón no podamos conocerlo con las técnicas habituales (ecografía).

No obstante, es probable que en un futuro muy próximo podamos saberlo casi desde el principio del embarazo, ya que en la sangre de la madre pueden encontrarse células fetales, en este caso el cromosoma Y, con lo que sabríamos que el bebé es un niño, o de no encontrarlo, podríamos deducir que será una niña.

¿Cambia el embarazo el cerebro de la madre?

Además de las famosas nauseas (que algunos estudios apuntan a que preservan al bebé de posibles abortos protegiéndole de toxinas y organismos patógenos presentes en alimentos y bebidas) y de los cambios físicos propios del embarazo, recientes investigaciones apuntan a que el propio cerebro de la madre sufre modificaciones durante el embarazo.

Una investigación, realizada en Barcelona, ha descubierto que el embarazo provoca una disminución de la materia gris en las regiones implicadas en las relaciones sociales, que tiene efectos permanentes en el cerebro de la madre, sin que por ello se altere su capacidad cognitiva.

Gracias a este cambio también el cerebro se prepara para la maternidad, facilitando el vínculo y la capacidad de intuir las necesidades del bebé. Quizá esta sea la razón por la que es frecuente escuchar a las madres primerizas que “han cambiado sus prioridades”.

También las tomografías cerebrales han contrastado que, durante el embarazo, el cerebro materno encoge hasta un 7%, sin que haya una explicación clara de la causa. Eso sí, recupera su tamaño habitual pasado el embarazo.

Una futura mamá con un estupendo olfato

Sí, las mujeres embarazadas tienen más agudizado el sentido del olfato. Y aunque a veces esto pueda resultar molesto (reaccionando más a los olores, e incluso detestando algunos que nos gustaban), es una función de protección para el bebé. El olfato se agudiza para evitar que tomen alimentos en mal estado,  protegiendo así la salud de ambos.

¿Y qué hace el feto?

Escucha un montón de latidos...

Casi todos los investigadores coinciden en que el feto ya escucha diferentes sonidos durante el periodo embrionario, aunque amortiguados para no molestarle. Este entorno auditivo incluiría tanto los ruidos propios del cuerpo de su madre (¡ruidos digestivos, latidos del corazón… que oirá en torno a 28 millones de veces!!!) como la voz tamizada de su madre que recibe a unos 24 decibelios, aunque se produzca a 60 en el mundo exterior, y el resto de voces, aún más suavizadas que escuchará en torno a 12 decibelios.

Según Tomatis*, el feto es capaz de escuchar los sonidos incluso antes de que el oído esté formado, llegando al bebé a través de la columna vertebral de su madre, de las vibraciones sonoras que recibe a través de su piel, músculos, articulaciones…

En torno a los 22 días de gestación se inicia el desarrollo del sistema auditivo que finalizará aproximadamente a las 25 semanas y que se pone en evidencia en el feto al responder a estímulos auditivos a través del movimiento, de los cambios en la respiración… e incluso para algunos en una “sonrisa fetal” al escuchar la voz de su madre.

Bosteza, aunque no tenga sueño

Un estudio de la Universidad de Durham ha puesto de manifiesto que los fetos llegan a bostezar incluso seis veces por hora, comenzando a disminuir a medida que van pasando las semanas.

A diferencia de las teorías que relacionan el bostezo con la oxigenación del cerebro al sentir sueño, el estudio lo relaciona con la maduración del cerebro vinculándolo al desarrollo de su sistema nervioso central y a una mejor salud fetal.

Ensaya funciones, y... hace pís

Sí, mientras están en el útero tienen las mismas funciones fisiológicas que tendrán después, comen, duermen y… también orinan. Esta función comienza a ponerse en marcha en torno a la semana once del embarazo, comenzando su función renal. Peeero, no hay que preocuparse, esta orina no es perjudicial ni para el bebé ni para la madre, ya que parte de ella formará parte del líquido amniótico y el resto se desechará a través del cordón y de los riñones de la madre

Y no respira, pero ya ensaya

No, no respira. Pero ensaya. Los pulmones del feto no tienen función respiratoria porque es la placenta la que le aporta tanto el oxígeno como los nutrientes que necesita para desarrollarse a través de la sangre de la madre.

Pero sus bronquios y tráquea sí se van preparando para esta función. Para ello el feto inspira líquido amniótico por la tráquea y lo expulsa realizando movimientos muy similares a los que hacemos al respirar, preparando a los pulmones para realizar su función una vez que el bebé haya nacido.

Seguro que hay muchas otras cosas que nos gustaría saber sobre ellos, pero… tendremos que esperar a que nazcan para preguntarles 😉

 

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

https://neuropedagogiainfantil.com/

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Ahora soy el mayor

Ahora... soy el mayor

Les contamos que van a tener un compañero de juegos, prácticamente como tener un amigo viviendo en casa... pero se encuentran con un bebé que no juega, no habla, llora y... le "roba" el tiempo y la atención de sus padres, ¿dónde está la ventaja de ser hermano mayor?

Con nuestra mejor intención y con gran alegría contamos a nuestro hijo la próxima llegada del hermanito. Dependiendo de la edad, puede que tenga una idea más o menos acertada de lo que se va a encontrar. Pero en muchos casos es esa «venta» que les hacemos de lo genial que va a ser lo que hace que se unan los inevitables celos con una sensación de decepción.

Dice Penélope Leach en uno de sus libros, Bebé y Niño, qué como nos sentiríamos nosotros si nos dijera nuestra pareja que va a traer a otro hombre o mujer a vivir con nosotros, y que va a ser estupendo, porque nos va a ayudar a hacer las tareas de casa, a cuidar de nuestros hijos e incluso que estaremos siempres juntos los tres. ¿Nos parecería una ventaja?

A veces hay que ponerse en el lugar del niño para entender lo que siente, y para ser lo más objetivos posible a la hora de contarles esta estupenda noticia, pero que al principio quizá no lo sea tanto.

Los inevitables celos

La llegada de un nuevo hermanito a la familia es un motivo de alegría para todos, pero también implica muchos cambios en la estructura y la dinámica familiar que afectan a todos los miembros y que suelen costar un poquito más al, hasta entonces, “hijo único”.  Es frecuente que, a pesar de que tratemos de emocionarle y hacerle partícipe de la llegada del hermanito, el niño que ha pasado a ser “hermano mayor” sienta celos.

Este sentimiento es prácticamente inevitable, ya que por mucho que nos esforcemos para que no se sienta desplazado, todos nosotros deseamos ser únicos para las personas que queremos y el hecho de que aparezca una nueva persona y sea deseada por alguien importante para nosotros (los padres) hace que nos sintamos inseguros y celosos.

Desde esta perspectiva, y dada la alta probabilidad de que estos celos aparezcan, vamos a tratar de minimizarlos y de ofreceros recursos que puedan ayudaros durante este “tiempo de adaptación” a esta recién estrenada situación familiar.

Algunas conductas también frecuentes

Es habitual que asociemos los celos a sentimientos negativos que no “debemos” tener o manifestar, pero también forman parte de nuestro desarrollo y crecimiento personal y nos permiten aprender y madurar. Por esta razón los padres no debemos preocuparnos en exceso por ellos, salvo que se prolonguen excesivamente en el tiempo, que dificulten o imposibiliten seriamente nuestra vida familiar o que supongan un peligro real para alguna de las personas implicadas. Lo que sí debemos hacer es empatizar con el niño que se siente así y acompañarle en estas «nuevas emociones» que está sintiendo y que no puede controlar.

Conocer cuáles son los síntomas más habituales de manifestación de celos en los niños también puede ayudarnos a sentirnos más tranquilos. No obstante, debemos tener en cuenta que estas conductas variarán en función de la edad de los niños, de su carácter y de la forma en la que actuemos los adultos para reconducirlos.

Si el nuevo integrante familiar utiliza chupete, no controla esfínteres, solo se calma estando en brazos, y los padres están tan atentos a él... lo mismo es una buena idea imitarle. Y si no, en cualquier caso, va a servir para lo que necesitan: llamar nuestra atención. Recuperar el protagonismo que creen perdido. Además, si el hermano mayor es menor de seis años debemos saber que, por su desarrollo cognitivo, aún no está en situación de empatizar, de inhibirse o de controlar sus emociones.

Es bastante frecuente imitar conductas propias del “hermano pequeño” que ya tenían completamente superadas como: querer utilizar de nuevo el chupete, el biberón, utilizar un lenguaje más infantil del que les corresponde, demandar que les llevemos en brazos, volver a hacerse pis, chuparse el dedo… Y también lo son comenzar a tener comportamientos menos habituales o acentuarse algunos que ya había mostrado como: rabietas, llantos, agresividad, desobediencia, ignorar al nuevo hermano, no querer separarse de sus padres en ningún momento (por sentirse inseguros), etc.

Aunque son menos frecuentes, también podemos  encontrar que los síntomas son físicos, generando la dificultad adicional de conocer si las causas son físicas o emocionales. Entre ellas encontramos: alteración del sueño (pesadillas, dificultad para conciliarlo…), de la alimentación (falta de apetito, vómitos, dolor de tripa…), dolores de varios tipos que, en ocasiones, sienten realmente y en otras se imaginan, etc.

El objetivo de muchos de estos síntomas, en gran parte de las ocasiones, será llamar la atención de los seres queridos para recuperar lo que creen perdido, restando así protagonismo al nuevo hermano. De ahí que debamos darles la importancia justa, analizando con objetividad la causa y dándoles esa atención y esa dosis extra de afecto que nos están demandando sin que tengan la necesidad de realizar estas llamadas de atención que son normales y que se irán minimizando a medida que la vida familiar incluya al nuevo miembro.

¿Qué podemos hacer para ayudarles? Empezando bien desde el principio

No adelantar la noticia en exceso
Claro que estamos deseando contárselo, pero por un lado es conveniente estar seguros de que todo va bien en el embarazo antes de hacerlo, y por otro, debemos tener en cuenta que la concepción del tiempo de un niño no es la nuestra. Si no queremos que se le haga «eterno», es mejor esperar hasta que sea algo evidente. Teniendo la precaución de informar a las personas que ya lo saben, que no se lo digan al niño. Esta noticia corresponde a los padres dársela, porque lo harán con el afecto y la naturalidad necesaria, aportándoles la seguridad de que siempre será importante para nosotros. Porque, aunque parezca imposible, se puede querer mucho y de la misma forma a todos nuestros hijos.

¿Cómo decírselo?

Con explicaciones adecuadas a su edad y grado de maduración. Si es menor de dieciocho meses su dominio del lenguaje no le permitirá entender bien la situación, por lo que no será mucho lo que podamos hacer para prepararlo. Pero por otro lado un niño tan pequeño tampoco recordará el tiempo en el que fue “hijo único”, aceptando con mayor naturalidad la nueva situación.

A los niños más mayores les haremos partícipes de lo que va a suponer el nacimiento del hermano  de una forma cercana y realista, incluyéndoles en los preparativos y  las actividades que realizaremos con el bebé y en las que él pueda participar, evitando crear falsas expectativas acerca del recién llegado. Por ejemplo, evitaremos decirle que va a tener un “compañero de juegos”, ya que no lo será cuando llegue a casa, en todo caso podremos decirle que lo será en el futuro (si la edad del niño le permite comprender la temporalidad). Para que tenga una visión más realista de lo que es un bebé podemos hablarle de lo que hacen, enseñarle fotos de cuando él lo era, ver sus vídeos… También es recomendable evitar decirles cosas que quizá no podamos cumplir (que solo estaremos en el hospital un par de días, que seguiremos comiendo juntos todos los días, etc.).

Los cambios mejor antes

Si necesitamos realizar algunos cambios en la casa o en las costumbres familiares para adecuarlas a la llegada del nuevo miembro de la familia, intentaremos realizarlos con tiempo para que estén instaurados antes de la llegada del bebé. Por ejemplo, si el niño aún duerme en cuna y la vamos a necesitar para el bebé es preferible cambiarle a la cama cuanto antes y tener la cuna vacía unos meses a que el niño sienta que su hermano se la ha quitado o tenga un sentimiento de pertenencia ante ella.

Igualmente debemos adelantar o aplazar aquellos cambios significativos para el niño como la retirada del pañal, el chupete, dejar el biberón… que requieren cierta estabilidad emocional y que pueden versa afectados por la llegada del bebé, para iniciarlos con mayores garantías de éxito. También es recomendable que el niño tenga una “vida independiente”, que asista a la Escuela o que tenga amigos con los que le guste jugar, casas de familiares en las que le guste estar… de forma que no tenga que estar permanentemente en casa con el nuevo bebé, sino que pueda reafirmarse y valorarse como una personita independiente que tiene sus propias actividades.

La llegada a casa

 Llegó el momento de comprobar si nuestros preparativos han dado sus frutos… Lo más importante es dar tiempo al niño para aceptar la nueva situación y a su pequeño hermano. Sin imponerle que “le quiera”, ya que realmente aún no se ha ganado su afecto y lo único que lograremos si insistimos en que le bese, abrace, etc. es hacerle sentir mal por hacer cosas que no siente, por “no quererle”, o por no cumplir con nuestras expectativas. Tal vez simplemente muestre poco interés por el bebé, en este caso tampoco debemos preocuparnos, únicamente necesita su tiempo.

Para favorecer sentimientos positivos hacia el hermano pequeño podemos hacerle creer que el bebé siente preferencia por él, exagerando “un poquito” la utilización que los bebés hacen de la sonrisa (los bebés sonríen ante cualquier rostro sonriente que haga ruidos, y aún más si éste es el de un niño). Destacando delante de los familiares y las visitas que es el que más le hace reír, que le encanta su hermano mayor… Algunas familias optan porque el bebé traiga un regalo al hermano mayor para iniciar así una relación afectuosa entre ambos, también puede ser buena idea, e incluso sin tener que recurrir a esa pequeña mentira bien intencionada, se le puede decir que le hemos comprado un regalo de parte de su hermano pequeño para que recuerde este día tan importante en el que se ha convertido en hermano mayor.

También suele ser eficaz hablar con el primogénito de “igual a igual”, comentándole o preguntándole lo que cree que el bebé puede sentir o necesitar (“¿se habrá enfadado por despertarle?”, “¿crees que llora porque tiene hambre?” …) e incluso que decida entre opciones que hemos elegido nosotros previamente, la ropa que le vamos a poner, el juguete que va a llevar al paseo… De esta forma el niño siente que se valora su competencia y que participa como un adulto en la satisfacción de las necesidades del pequeño, tal y como lo hacen sus padres. 

Te ayudo

Si el niño lo desea podemos incluirle, en la medida de sus posibilidades, en las actividades diarias relacionadas con el cuidado del bebé para que aumente su relación con él, como ayudarnos en el baño, darle el biberón, etc. Además, podemos relacionar estas actividades con las que realizábamos con él cuando era un bebé, evitando insistirle en que ahora es un “muchachote”, ya que podemos producir el efecto contrario: que quiera ser un bebé para recibir las mismas atenciones que su hermanito. Lo ideal es que él entienda que al ser mayor no sólo puede hacer todo lo que hacen los pequeños, sino también algunas cosas de las que hacen los mayores.

Ahora no puedo

Habrá algunos momentos en los que no podremos atender las necesidades de los dos niños a la vez. En estos casos no nos quedará más remedio que priorizar y decidir que es lo más importante. Por ejemplo, ante las necesidades físicas del bebé o la demanda de juego del hermano mayor, tendremos que explicar con afecto, pero con seguridad, que tenemos que atender al bebé antes de poder jugar y que podremos hacerlo despues, cuando el pequeño se haya dormido. Cumpliendo siempre lo que hemos prometido en cuanto podamos.

Un tiempo solo para tí

Y sin duda alguna, es una estupenda idea dedicar un tiempo en exclusiva a nuestro hijo mayor, evitando que en ese tiempo surjan contratiempos que hagan que tengamos que aplazar nuestro momento juntos. Para ello es buena idea elegir un horario en el que otra persona pueda ocuparse del bebé para centrarnos en él. Lo necesita, y además, si sabe que todos los días tendrá su propio tiempo de exclusividad, le resultará más fácil aceptar el tiempo en el que tiene que compartirnos.

Tener un hermano es, no solo una excelente noticia, también se convertirá en el mejor amigo de tu hijo y en ese acompañante de vida que será insustituible. Sólo necesita tiempo para descubrirlo, y una gran dosis de afecto para que lo que , en principio, puede vivir como una perdida, se convierta en una ganancia para siempre.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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El acierto de equivocarse

El acierto de equivocarse

Equivocarse, cometer errores en la crianza es algo mucho más frecuente (y natural) de lo que crees. Y es que a veces confundirse es acertar.

No sé cómo sería antes, si tal y como dicen nuestras abuelas, la crianza de antes era mucho más natural, menos leída y pretenciosa. Quizá antes se educaba con más naturalidad y deberíamos volver a eso. Seguramente tendría muchas ventajas (vivir la infancia en la calle, sin la mirada del adulto constante para proteger a los niños, permitiéndoles equivocarse, resolviendo de forma autónoma sus propios problemas…) y otros tantos inconvenientes (los castigos físicos, la letra con sangre entra, esas meriendas llenas de deliciosas grasas saturadas…).

Lo que sí sé es que ahora, hay demasiada información sobre la crianza, para todo tipo de padres y de familias, y que a veces, entre tanta lectura y tanto consejo bien intencionado, es más fácil perderse y, buscando lo mejor, llegamos a hacer cosas que ni los padres entendemos ni se ajustan a cómo somos ni como es nuestra familia e incluso que hacemos porque los expertos dicen que es bueno, pero ni siquiera creemos en ello.

EL BUENROLLISMO Y OTRAS TEORÍAS

Imagino que yo debo incluirme entre todos estos “especialistas” que dan consejos sobre la infancia, pero la verdad es que cada vez me gustan menos las verdades absolutas y los extremos (tampoco en educación). Y que cada vez me cuesta más admirar a profesionales que con teorías perfectas dan ejemplo de lo bien que lo hacen todo cuando hablan de lo que hacen de sus hijos. Lo que yo he llamado el “buen rollismo”.

Yo no soy de esas, yo me equivoco muchas veces como madre, y espero seguir haciéndolo otras tantas. Porque he asumido que una cosa es lo que sé, y otra es lo que aplico. Que una cosa es lo profesional y otra lo de madre, porque en lo segundo prima el afecto, y el afecto no es, ni debe ser, objetivo, neutro y profesional. Es más, recuerdo a los padres de una de las escuelas en las que trabajé, que cuando me pedían consejo y les contestaba, me decían: claro, para ti es fácil porque sabes mucho. Y yo les decía con total sinceridad, que yo ni siquiera tenía la excusa de hacerlo mal, porque incluso sabiéndolo lo hacía.  

UN BUEN EJEMPLO

 Este post va de eso, de lo sano y lo acertado que es equivocarse. Y es que aprender requiere errores, y los errores también dan ejemplo a nuestros hijos, cuando uno los admite y de esta forma se convierte en un ejemplo real para sus retoños (uy, otra vez estoy dando consejos…). Sin padres perfectos ni consejos perfectos.

EL CEREBRO TAMBIÉN SE EQUIVOCA

Equivocarse está en nuestra naturaleza, y por eso se producen en nuestro cerebro las podas sinápticas, para que nuestro cerebro pueda “borrar” lo que no usa porque no ha resultado ser efectivo. Y yo, que me dedico a la formación, pero que antes he sido educadora, coordinadora, directora… puedo hablar en mis cursos de lo que hacemos “mal” (o de lo que podíamos hacer mejor) porque antes he sido yo la que he ido cometiendo cada uno de ellos.

En definitiva, los errores, cuando son involuntarios, cuando no están motivados por segundas intenciones o cuando lo que buscan es nuestro propio beneficio, son perdonables y hasta positivos. Nos ayudan a redirigir nuestro camino, al igual que el miedo (que también tiene connotaciones negativas) nos protege del peligro.

Durante nuestra vida, y como no, en nuestro tiempo de crianza, vamos a cometer muchos errores, pero es que los niños no vienen con un manual debajo del brazo (afortunadamente). Y esos errores son sanos, son naturales, y nos permiten enseñar a nuestros hijos que no pasa nada, que equivocarse también es aprender.

Ojalá este post sirva, aunque sea un poquito, para que cuando a veces atiendo a las familias de los niños que tienen alguna dificultad, no se sientan culpables por lo que podían haber hecho y no hicieron, o por lo que hicieron y no debían haber hecho

Equivocarse por amor no es equivocarse, cometer errores por amor tampoco lo es. Y sin duda los que cometemos como padres y madres están siempre (o casi siempre) motivados por el amor.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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