Límites si, por favor
Respetar al niño, sus emociones, sus actuaciones, comprender que todas ellas están influidas por cómo está configurado su cerebro, no quiere decir dejarles hacer siempre lo que desean. Los límites dan seguridad, hacen el mundo más predecible y también nos hacen más conscientes de que no siempre podemos conseguir lo que queremos, favoreciendo la resistencia a la frustración (algo muy necesario para la vida). Y eso es educar para el mundo real.
En mis últimas escuelas de familias, y en general, en mis entrevistas con padres y madres, es muy habitual que, con la mejor de las intenciones, surjan preguntas que ponen de manifiesto que, cada vez, cuesta más poner límites a los más pequeños, e incluso que éstos empiezan a tener una connotación negativa muy alejada de la realidad.
Todos los padres y madres buscamos que, a través de la educación y de nuestro ejemplo (de esto último no siempre somos muy conscientes de ello, pero esta implicado en esa educación de una forma muy potente) nuestros hijos se conviertan en personas felices, equilibradas, autónomas y responsables.
Y para ello, los límites, son un aliado indispensable.
¿Por qué los límites son imprescindibles?
A través de ellos el niño se mueve en un entorno más predecible, que le ofrece la seguridad que necesita y que reafirma el amor, y el cuidado que le ofrecen sus figuras de referencia. Y somos los adultos los responsables de proporcionales, a través de esas normas, el conocimiento y desenvolvimiento en el entorno que les rodea.
Y sí, no siempre es fácil, sobre todo cuando estamos cansados y queremos evitar presenciar uno de esos episodios de rabietas que, aunque positivas para su desarrollo, pueden generarnos un tremendo desgaste.
Los límites no tienen por qué ser rígidos en todas las ocasiones ni nos va a convertir a nosotros en padres autoritarios o alejados de la educación positiva que queremos para nuestros hijos. Porque su objetivo es la protección, protegerles de peligros, la educación, que vayan conociendo de una forma natural lo que se puede o no hacer en determinadas situaciones, y también favorecer la autoconfianza y la estabilidad emocional, para que no se conviertan en pequeños tiranos.
Vivimos en un mundo social en el que, para sobrevivir, tal y como hicieron nuestros antepasados prehistóricos, debemos cumplir ciertas normas. Esas normas nos protegen a todos, por ejemplo, no poder pasar de un límite de velocidad al conducir, no maltratar a otras personas (y animales), etc.
Pero sin llegar a esos extremos, nuestro día a día, está repleto de momentos en los que nos gustaría actuar de forma diferente a la que debemos hacerlo. En el que, trasladado al mundo de la neurociencia, nuestro sistema límbico y nuestra corteza entran en conflicto, porque nuestra amígdala nos pide decirle a nuestro jefe “cuatro cosas”, pero nuestra corteza anticipa que eso tendrá consecuencias y es mejor no hacerlo.
Como ya hemos comentado en otras ocasiones, en el caso de los niños, su corteza es aún inmadura, y por eso ellos sí le dirían a nuestro jefe esas «cuatro cosas». De hecho ¿no lo hacen con nosotros?, su cerebro en desarrollo quiere, y está programado, para intentar salirse con la suya.

Educamos para el futuro en el presente
Pero educamos para el futuro en el presente. Y eso implica que, a pesar de cómo está configurado su cerebro en ese momento (y que implica salirse con la suya en “casi todo”), no podemos dejar que tomen el mando ni decisiones que no les corresponden. Los niños tienen que aprender casi desde el principio que hay cosas que podemos hacer y otras que no, que hay cosas que podemos decidir, pero otras nos vienen impuestas.
Y el mayor reto como padres es buscar un equilibrio entre esos límites que deben ser fijos y estables en todas las ocasiones y aquellos que no lo son, o que pueden admitir cierta flexibilidad.
Por ejemplo, deben ser firmes todos aquellos que pueden ponerles en peligro, pero en cambio pueden ser flexibles otros como el juguete que quieren llevar al parque, la ropa que se pueden poner eligiendo entre opciones que le damos, etc.
Cuando empezar
No hay un momento concreto como tal, porque los límites deben estar presentes de una forma natural en la vida del niño. Obviamente a un bebé recién nacido o de pocos meses no hay necesidad de ponerle límites. Pero en cambio, a medida que va creciendo, y cuando siente interés por objetos que pueden comprometer su seguridad se va a encontrar con los primeros “No” y por tanto con los primeros límites (los enchufes por ejemplo o llevarse a la boca determinados objetos), aunque es cierto que en estos casos es preferible evitar la tentación, protegiendo enchufes y eliminando objetos, que poniendo normas.
En definitiva, la familia casi desde el principio, debe comenzar a enseñar normas sociales y límites a los más pequeños, que van a facilitarles el conocimiento del entorno que les rodea y la seguridad que necesitan.
Si tardamos mucho en establecer los límites porque pensamos que aún son pequeños, nos va a resultar más difícil que los cumplan y que los entiendan. Deben formar parte de su cotidianeidad y establecerse con naturalidad.
Las rutinas para iniciarse en los límites
De alguna forma los límites empiezan cuando empiezan las rutinas, ya que no podemos olvidar que es a través de momentos como la alimentación, la higiene y el descanso, cuando se inicia el orden y de alguna forma, también las “normas”. Normas que debe poner el adulto, ya que el niño no está capacitado para decidir en este momento de una forma racional y óptima.
El cerebro del bebé necesita empezar a organizarse, a reconocer el hambre, a diferenciar día de la noche… y esos ritmos circadianos (nuestro reloj biológico ubicado en el hipocampo) son de gran ayuda para fijar esas primeras normas ya que son nuestros organizadores “naturales”.
Nos levantamos a una determinada hora, comemos en otras, dormimos… las rutinas marcan un horario que los más pequeños necesitan y que comienzan a establecer unas normas sobre las que crear la primera estructura de orden.
Al principio todas estas rutinas van a ser fáciles de cumplir, pero poco a poco, a medida que los niños crecen, también pueden convertirse en momentos conflictivos en los que debemos mostrarnos seguros para su cumplimiento. Ya que seguramente sea en las rutinas donde empiecen a manifestarse los deseos del niño por evitar la consigna.
Los niños son muy perceptivos para saber cuándo el límite es firme y cuando pueden conseguir sortearlo. Por ejemplo, cuando lo que hacen les pone en peligro, los padres suelen reaccionar de una forma muy rotunda y los niños obedecen sin discusión. En cambio, lógicamente, no concedemos la misma importancia al momento de irse del parque o de irse a la bañera.
Establecer un horario asociado a las rutinas es la primera forma de crear un entorno predecible y seguro para los más pequeños, y también de iniciarse en el orden y las normas de una forma natural.
Empiezan los consejitos: lo deseable
Todos los padres y madres nos hemos saltado los límites que nosotros mismos hemos puesto en muchas ocasiones. Y es lógico y natural. No somos máquinas para hacer lo mismo en todas las situaciones, e incluso en ocasiones esto es hasta deseable. Por ejemplo, aunque siempre sigamos unos mismos horarios en las diferentes rutinas, no pasa nada por cambiarlas un poquito el fin de semana para poder disfrutar también nosotros. Y también porque es útil enseñar a los niños que no hay que ser inflexibles ni rígidos en todas las ocasiones.
Pero sabemos que estáis buscando en este texto donde están las orientaciones para facilitar el cumplimiento de los límites, de forma que, a continuación, os mostramos algunos de ellos por si os sirven de ayuda:
- Establecer cuanto antes unas rutinas que permitan al niño anticipar lo que va a suceder a continuación, ya que esto también facilitará la participación y el cumplimento de estas por parte de los más pequeños. Recordad que cuanto más estructurado sea el entorno, más fácil será integrarlas en el día a día y su cumplimiento.
- Intentad estar de acuerdo padres y madres, y otras personas que atienden al pequeño sobre cuáles van a ser los límites que se van a establecer, ya que lo contrario el niño no sabrá con certeza cuando debe o no cumplirlo y buscará la forma de “saltarlo” recurriendo a unos u otros (algo que hemos hecho todos en algún momento con nuestros padres ¿verdad?).
- También debemos tener en cuenta que nuestro lenguaje gestual y verbal sean acordes cuando nos dirigimos a los niños. Ya que hay veces que la consigna verbal es correcta, pero manifestamos con nuestro cuerpo, nuestra mirada, que no es tan relevante y puede saltarse.
- Deben ser estables en la medida de lo posible, es decir, que no sean dependientes de nuestro estado de ánimo o de nuestros miedos, si no objetivos, razonados y razonables. Hay ocasiones en los que el límite tiene que ver más con nuestros miedos o instintos de protección que con la realidad de lo que pide el desarrollo del niño (ser excesivamente protectores y convertir el miedo en un límite no dejándole subir al tobogán, por ejemplo, cuando podría hacerlo).
- Definir claramente lo que esperamos, evitando frases hechas como “pórtate bien” o “se bueno”. Es más eficaz especificar lo que deseamos de ellos de una forma acorde a su maduración en cada momento: “recuerda que aquí no podemos tocar nada porque se puede romper”.
- Evitar las preguntas. Si es un límite es firme, no depende de sus deseos y por eso no debería empezar por la palabra “¿quieres?”. Mejor acompañar la consigna que deseamos transmitirles de forma firme, concreta y sin opciones. En cambio, habrá otras ocasiones en las que sí podamos darles opciones entre dos cosas en las que, por ejemplo, puedan decidir el orden. “¿prefieres recoger primero los juguetes o merendar?, van a hacer ambas cosas, pero pueden decidir cuál harán primero.
- Siempre es mejor decirles lo que deben hacer que lo que no. Pero seguramente producto de nuestra propia educación, solemos fijarnos siempre en lo que no, no valorando tanto lo que sí hacen. Si la consigna es en positivo, e incluso si la realizamos en plural, será más fácil que la cumplan. Por ejemplo, “vamos a hablar bajito”, en vez de decirles que no griten.
- Ofrece alternativas. En el ejemplo anterior podríamos añadir, en este momento tenemos que hablar bajito para no despertar al bebé, pero en cuanto se despierte jugamos a eso que deseas.
- Anticiparnos. A veces es mejor tener paz que tener razón, por eso cuando podemos anticipar que lo que le pedimos va a ser más complicado de cumplir, puede resultarnos útil distraerles (en este momento evolutivo es fácil llamar su atención sobre otras cosas). Por ejemplo, si sabemos que es complicado el momento en el que se tienen que ir a la cama puede resultarnos útil decirles, “vamos a elegir el cuento que vamos a leer en la cama”, o “vamos a probar la nueva pasta de dientes que he comprado” para facilitar el lavado de dientes.
- Recuerda la consecuencia. En muchas ocasiones nos va a resultar útil recordar al niño lo que pasó cuando no cumplió el límite, no como una amenaza, si no para facilitar que recuerde lo que sucedió. Por ejemplo: “acuérdate que la última vez que te subiste a la mesa te caíste y te hiciste daño”, “recuerda que si tardamos mucho en irnos del parque no tendremos tiempo de contar el cuento antes de irnos a dormir”.
- Tener en cuenta los tiempos. Es muy frecuente que nuestra orden se dilate en el tiempo, por ejemplo, les pedimos que recojan los juguetes, pero el niño sabe que desde que lo decimos hasta que tengan que cumplirlo puede pasar un buen rato que puede aprovechar hasta que nos vea más “serios”. Es preferible que al decirlo estemos delante del niño y que nos mantengamos ahí esperando a que lo cumpla, animándole e incluso iniciando nosotros la acción si es necesario para servirle de ejemplo (sin hacerlo solo nosotros, obviamente). De lo contrario el pequeño entenderá que la orden se va a repetir varias veces y que solo debe cumplirla cuando ya no quede otro remedio porque nos hemos enfadado, gritado, etc.
- Evitar enfadarnos y explicar (brevemente) la razón del límite. Evitar enfadarnos es quizá la consigna más difícil, ya que las emociones son tremendamente contagiosas. Pero nosotros somos los adultos y los que debemos poner los límites con firmeza, pero con afecto. Y ambas cosas no están reñidas.
Los niños deben saber en todo momento que les queremos y que estos límites no son para castigarlos si no para enseñarles. Por eso debemos explicarles de forma adecuada a su edad, porque los ponemos. Eso sí, tened en cuenta que, dependiendo de su maduración, una explicación muy larga y compleja no tendrá gran efecto y será más efectiva una explicación corta y concreta (pero debemos dársela porque educamos para el futuro).
En definitiva, aunque no siempre es fácil, debemos recordar que los límites que ponemos son necesarios y positivos para nuestros hijos. Y que nunca, nunca, deben ir acompañados de gritos, ni faltas de respeto, ni comparaciones, y mucho menos de castigos físicos.
Aunque no sea sencillo, pueden y deben ser oportunidades de aprendizaje, que incluso nos sirven para reforzar y alabar las conductas positivas que van aprendiendo y que son muchas (muchas más de esas “negativas” en las que solemos fijarnos). Los niños desean nuestra aprobación, siempre, incluso cuando hay desencuentros. Utilizar ese refuerzo positivo es mejor, siempre, que focalizarnos en lo negativo. Y nuestra actitud, serena, segura, cuando los ponemos es nuestro mejor aliado y también lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos.
Ana Muñoz
Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil