Neuropedagogía Infantil

Al rico sólido

Al rico sólido, empezando con la alimentación complementaria

Cualquier cambio genera cierta incertidumbre, y cuando se trata de nuestro bebé aún más. Ha llegado el momento de introducir la alimentación complementaria, el bebé ha llegado a los seis meses. Los pediatras nos ayudarán mucho para conocer en qué momento incorporar cada alimento pero, ¿Cómo lograr que los acepte? Os contamos algunos truquitos para ayudaros.

Tener una buena relación con la comida, desde el principio es MUY importante

La alimentación de nuestros hijos siempre preocupa a los padres. Es lógico, nuestra naturaleza, y nuestro propio cerebro, hace que «mantener a nuestra progenie con vida» sea nuestra primera prioridad. Pero, además,  si nosotros hemos sido malos comedores, este momento (y nuestras expectativas) se complican. Ya que siempre tendremos el miedo de que nuestros hijos nos hagan pasar por todo aquello que pasaron nuestros padres (¿existirá esa venganza del destino?).

El momento de la comida debe ser un momento normalizado, tranquilo y acompañado de afecto. Tal y como ha sido antes de iniciarse la alimentación complementaria, ya que cuando le dábamos el pecho o el biberón a nuestro pequeño, era un momento calmado, afectuoso, que ya inicio una relación positiva con la comida. Ahora se trata de continuarla, ya que estas primeras experiencias y vivencias con la nueva comida, también van a tener mucho peso en la relación que establezcan con ella en el futuro.

¿Y qué mejor manera de empezar que creando un buen ambiente, unas expectativas positivas y coherentes a la edad de los niños y a su apetito? 

Patata y zanahoria... No parece muy apetecible

Es cierto que generalmente los primeros alimentos que se introducen en su dieta, salvo que nos hayamos decantado por poner en práctica el Baby Led weaning (del que hablaremos otro día, porque es una forma estupenda de introducir de forma natural, los alimentos sólidos), no suelen tener un sabor muy apetecible para los más pequeños. Dice Ignacio Morgado (2012) que los bebés sienten predilección por los sabores dulces, evitando los amargos o ácidos. La explicación se encuentra en nuestro cerebro de supervivencia, que trata de protegernos del peligro, y estos sabores son los que habitualmente tendrán los alimentos en mal estado o cuyo consumo sea peligroso. 

¿Cómo salvar este primer escollo? vamos con algunos trucos… 

Revisando nuestras creencias y expectativas

¡Cuidado nuestras expectativas tienden a cumplirse!

Ya hemos mencionado como nuestros miedos pueden convertirse en nuestro enemigo. El inicio de la alimentación complementaria es un aprendizaje, y como tal, requiere su tiempo. No podemos pretender que el primer día les encante ese nuevo sabor (aunque habrá algunos niños a los que sí), ni que tomen una gran cantidad.

Es importante no perder de vista que su estómago es pequeño, por lo que la cantidad de comida no puede ser excesiva. Y también es muy importante que nuestra actitud sea positiva (y no tensa), transmitiendo seguridad, calma, y como no, CONFIANZA en ellos. Sin olvidar que el protagonista de este momento es el niño, él es el que come, el que se alimenta, no nosotros. Respetar su apetito también es una de las mejores formas de iniciar la alimentación complementaria.

Sé que llegado este punto, habrá familias que estén pensando, ¿y qué pasa cuando no come nada? un libro estupendo de Juan Carlos González (mi niño no me come) nos enseña que un niño que tenga alimentos a su alrededor no va a morir de hambre. 

¿Hemos conseguido algo cuando nos hemos enfadado para que coman más? seguro que la respuesta es que no, y 50 gramos más de comida, una última cucharada, no va a hacer que «engorde», pero sí puede hacer que tenga una mala relación con la comida nada más empezar. 

Mejor con las manos

Sé que esto va a parecer extraño, pero permitir que el bebé experimente con los nuevos alimentos con las manos, va a facilitar (y mucho) su aceptación. 

La comida guarda una relación muy estrecha con los sentidos, en ella están prácticamente todos implicados (incluso aquellos asociados al movimiento), por lo que si esta experiencia le permite descubrir, explorar y además su sabor no les desagrada, tendrá muchas más posibilidades de aceptarla. Ya habrá tiempo de enseñarle a utilizar la cuchara (y además lo aprenderá muy pronto).

Recordar que en estos primeros días, nuestro objetivo, no es que coman, es crear una buena relación con la comida, y que estas primeras experiencias las asocie a momentos positivos (también, y sobre todo, emocionalmente).

Nariz y manos limpias, y "bibe" preparado

A veces se nos olvida que los más pequeños también pasan el día cogiendo cosas e incluso pelusas con sus manos, son una fuente imprescindible de aprendizaje en todas las etapas, pero con más razón en esta. Y si van a coger los alimentos con las manos, es especialmente relevante, que las manos estén limpias. La nariz también. Sin mocos. Ya que al comer necesitan respirar por la boca, y una nariz llena de mocos no permite estar cómodo al respirar.

También es útil tener el biberón preparado, ya que sigue siendo su alimento principal hasta que esté bien instaurada la alimentación complementaria. Es probable que, una vez que se canse de esta nueva experiencia, reclame con insistencia su comida. 

Y... llegó el momento

  • Organizad una rutina: horario siempre similar, lugar donde va a comer, instrumentos y accesorios, todo preparado cuando sentemos al pequeño… de esta forma creamos un entorno predecible que da seguridad.
  • Sin distractores. Ni vídeos, ni tele, ni juguetes… no vamos a distraerle sino a enseñarle una nueva e interesante actividad: la comida en familia.
  • La postura debe ser erguida (en función de su edad) para facilitar la deglución y la masticación posterior, colocadlo semi incorporado en una hamaquita, trona o similar
  • Colocar un plato y una cuchara de plástico con muy poquita comida para que el bebé “intente” comer. No lo conseguirá porque aún le falta coordinación y práctica. En cambio meterá las manos en el plato y se chupará los dedos. No importa. Ya hemos visto que esta manipulación va a apoyar la aceptación de la nueva comida.
  • Mientras el bebé experimenta nosotros le daremos pequeñas cucharaditas con otro plato (el de verdad). La cuchara mejor plana y de un tamaño acorde a la boca del pequeño.
  • El bebé debe colaborar activamente abriendo la boca, retirando la comida con el labio superior… Debemos evitar “dejar caer” el puré en su boca sin que él participe, ya que de esta forma traga como un reflejo y él debe ser el protagonista: es él el que está comiendo

Algunos truquitos útiles para favorecer la aceptación

  • Introducir la cuchara de forma recta, presionando la lengua suavemente hacia abajo y sacarla también de forma recta. Tened cuidado de no molestar sus encías con la cuchara
  • Las primeras veces puede resultarnos útil apoyar la cuchara encima de su lengua y facilitar que succione para conseguir el alimento. De esta forma evitamos que empuje la comida fuera con la lengua y le resulta más fácil cerrar la boca para tragar
  • Si es posible comed con él los primeros días. Los padres somos modelos muy potentes, y si además nuestra comida es similar mejor (nuestro puré puede tener más verduras y un poquito de sal)
  • No os olvidéis de reforzar siempre lo poco o mucho que haya tomado. Acariciadle, habladle con palabras cariñosas relacionadas con este momento “que rico”, “que bien”. Recordad que los gestos transmiten más que las palabras

¡Buen apetito! Disfrutad del aprendizaje.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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El período de adaptación

El período de adaptación: una reflexión sobre la práctica

Un período de cambios, de aprendizajes emocionales que requiere acompañamiento, afecto y comprensión

Comenzamos un nuevo curso escolar, con ilusión, energías renovadas y… también con cierta pereza por el tan famoso “periodo de adaptación”. Realmente esta es una etapa que no tendría que ocasionar este estrés ni a los niños, ni a las familias ni a los profesionales, pero la realidad es que aún sigue siendo una de las cuentas pendientes de escuelas, colegios y familias.

El famoso, período de adaptación…

¿Cómo suavizarlo? sí, si hay una manera

Un período de adaptación con las familias presentes en el aula facilitaría enormemente la incorporación de los niños al sistema educativo en nuestra etapa de una forma más respetuosa y alegre, pero no siempre se podrá realizar. En algunas ocasiones por las propias familias y su falta de conciliación laboral y familiar, otras por qué no lo permita el propio centro en el que trabajamos, e incluso en algunas  podrán ser los propios docentes los que no deseen trabajar con las familias presentes en el aula por una mala entendida vergüenza, por sentirse evaluados…

En muchas ocasiones he escuchado a centros que no lo realizan de esta forma porque no todas las familias pueden, y sería injusto con los niños cuyos padres no pueden acompañarles. En este caso se hace necesaria una reflexión práctica: ¿no estarán mejor atendidos los niños cuyos padres no se encuentran presentes si el resto de los niños sí lo están? ¿No tendrá más tiempo el docente de atenderles cuando los demás niños acompañados ya están atendidos? … parece que esta justificación se cae por su propio peso.

No obstante, con este primer blog de este nuevo curso escolar queremos intentar aportar nuestro granito de arena, por si os sirve a profesionales o familias, para facilitar a los niños este período de adaptación en cualquiera de los casos en el que os encontréis.

Protagonistas de la adaptación

“El Proceso de Adaptación es algo que el niño hace, es algo suyo, algo propio que él tiene que elaborar, es una conquista, es un proceso personal y voluntario”. (Gervilla, 2006, p.12).

Realmente todos, niños, padres y profesores, sufren (sufrimos) el período de adaptación, pero realmente el foco debe estar en el niño. En ocasiones se nos olvida ponernos en el lugar de esos pequeños que, de repente, se ven separados de su entorno, de sus familias, y se encuentran en un entorno extraño con niños desconocidos que probablemente lloren y con adultos que no conocen. Sin saber si esto va a ser algo temporal o permanente, si van a venir a buscarles o si se van a quedar allí (sensación que se acentúa cuando las familias se marchan sin despedirse de los niños). Recordemos que muchos de los niños que tenemos en las aulas no tienen aún un lenguaje comprensivo y unas capacidades cognitivas que les permitan anticiparse ni planificar que va a suceder en el futuro.

¿Cómo nos sentiríamos nosotros en su lugar? ¿Cómo nos hemos sentido el primer día de un nuevo trabajo? seguramente no estábamos felices, tranquilos ni nos mostrábamos como somos realmente. Si nosotros, adultos, con muchos más recursos, edad y habilidades no lo hacemos, ¿podrán hacerlo los niños?.

Estas emociones nuevas, esta inseguridad, hacen muy difícil que un niño coma, duerma o se separe de este nuevo adulto que acaba de conocer en este entorno nuevo. No pidamos más a los niños en estos primeros días. ¿Los adultos comeríamos tranquilamente, dormiríamos en un sitio extraño que  vivimos como amenazador y que seguramente, por su cerebro límbico interpreta como que compromete su supervivencia? seguramente tampoco.

Un ejemplo práctico son aquellos niños que no quieren separarse de su mochila, o que durante la siesta se niegan a descalzarse… para ellos esos objetos les acercan a su casa, separarse de ellos es aún más doloroso. ¿Pasa algo porque duerman con zapatos estos días o si no logran dormirse? ¿Pasa algo si comen poco o se niegan a comer? tengamos paciencia, la normalidad llegará.

Sé que al leer esto muchos de vosotros estaréis pensando “ya, pero a ver quién le cuenta a las familias que además no ha comido con lo angustiadas que están”. Es cierto, pero la solución se encuentra en la información y en la confianza. Cuanto más informadas estén las familias, menos dificultades nos encontraremos.

La información: imprescindible

Si un padre, madre, abuelo… ya sabe que esta primera separación familiar que implica la adaptación puede tener diferentes consecuencias (falta de apetito, inseguridad, retomar hábitos olvidados que le consuelen…) será  más probable que acepten que estas situaciones puedan darse durante unos días y aceptarlas con mayor normalidad.

Empatizar con ellas y ofrecerles toda la información que necesitan es la mejor forma de ganarnos su confianza, y también de que sepan que sus hijos van a estar atendidos por profesionales que saben lo que se traen entre manos.

Es importante:

  • No mentirles nunca, ni ocultarles información, incluso aunque lo hagamos por su «bien». Es difícil pero debemos encontrar el punto medio entre decirles que “llevan todo el día llorando” o que “han pasado un día estupendo” cuando salen con hipo o los ojos enrojecidos de llorar. Quizá sea más fácil decirles que “han tenido algún ratito más tranquilo que otros días, aunque aún come poco o le cuesta conciliar el sueño”. Las palabras son importantes, elegidlas con cuidado.
  • Comentarles cómo están organizados los horarios del día a día también les genera confianza y tranquilidad. Al igual que tener previstos los horarios del centro durante este período.
  • Prever momentos diarios en los que poder hablar con ellos estos días, si es posible de forma personal, también les ayudará a estar más tranquilos, a ir entendiendo porque se dan las reacciones en el niño que están observando.

Establecer un vínculo afectivo y seguro

Otro punto, el más importante de nuestra labor en estos primeros días es ir logrando poco a poco convertirnos en un referente afectivo y de cuidado de nuestros pequeños alumnos. Para ello hay que, no tener prisa (no se puede adelantar un proceso que es propio y personal de cada niño) y mostrarles nuestro afecto respetando sus necesidades y también, sus emociones.

Respetar las emociones de los niños es imprescindible en todas las etapas. También en esta. Es lógico que los niños se sientan como lo hacen, no se trata por tanto de quitarle importancia a lo que sienten, si tampoco de minimizar o tratar de evitar ese conflicto interno que les produce esta nueva situación, sino de acompañarles en este proceso interno.

El niño debe completar este período hasta lograr su aceptación de forma interna. Y este proceso pertenece al niño, y no al adulto. Nosotros debemos acompañarles, ofrecerles seguridad, afecto y atención, para que este proceso se resuelva de la mejor manera posible. 

¿Cómo ayudar y acompañar a l@s niñ@s?

Para acompañar y ayudar al niño en este proceso podemos:

  • Darle el tiempo que necesita cada niño para asimilar esta nueva situación, y no ceñirnos a un tiempo concreto (un mes, una semana…) los tiempos serán personales para cada niño.
  • Respetar la expresión de sus emociones, sin minimizarlas. Es lógico que se sientan como se sienten. Es lógico que lloren. No podemos juzgar lo que sienten ni mucho menos regañarles por ello. La empatía y el reconocimiento emocional debe partir del adulto: «entiendo que te sientes triste porque no están tus papás, ¿qué te parece si mientras vienen jugamos un ratito?»  parece mejor opción que: «no llores, jugamos un ratito y vienen tus padres». 
  • Favorecer que sus familiares puedan acompañarle en el aula los primeros días siempre que sea posible, desterrando nuestros temores a qué nos miren o nos evalúen mientras trabajamos. Es cierto que no es el mejor momento para sentirnos observados, pero también en los momentos más complicados es cuando más se demuestra nuestra profesionalidad, no tengáis miedo a mostrarla. 
  • Permitir que lleven, si lo desean, objetos de apego, mantitas, chupetes (reguladores emocionales)… que les ofrezcan la seguridad que necesitan en estos momentos. Y también respetar que no quieran separarse de ellos durante todo el tiempo en que los necesiten (también una vez superado el periodo de adaptación).
  • Organizar actividades llamativas que les permitan distraerse y empezar a asociar la Escuela con un lugar donde son queridos y suceden cosas divertidas. Es un error no tener previstas actividades, recursos y materiales que nos ayuden a hacer más amenos estos primeros momentos. En un aula en el que no hay ninguna actividad, y solo se consuela a los niños, es más frecuente que todos ellos lloren.
  • En ocasiones puede que los niños se sientan perdidos en el espacio del aula, en ocasiones es útil acotar el espacio, crear un rincón más pequeño y acogedor dentro del aula en el que el docente pueda estar sentado a la altura de los niños facilitando así su seguridad y con todos los materiales que necesite muy cerca, para que no tenga que levantarse. 
  • Posibilitar que antes de iniciar la escolaridad puedan visitar su aula e incluso conocer a su profesor, para que el espacio les resulte conocido cuando los niños son más mayores también puede resultar de utilidad. Al igual que iniciar el curso con una actividad conjunta con las familias en el patio, realizando juegos y posibilitando que puedan explorar el aula con sus familiares. 
  • No mentirles nunca, diciendo que sus padres van a volver en un momento cuando no será así, ni chantajearles (si lloras tus padres se ponen tristes, o no te entiendo si no me lo dices sin llorar…). Estas prácticas deberían estar ya desterradas de todas las aulas.
  • Tomate un respiro cuando lo necesites. En ocasiones la tensión de estos primeros días hace que necesitemos salir del aula para volver a entrar cuando hayamos recuperado nuestro equilibrio. Esta es también una actuación que beneficia a los niños. 

Con optimismo

Sabemos que este primer mes es complicado, incluso que más que un periodo de adaptación es un momento de “emergencia”, en el que todo el centro, docentes, instalaciones, recursos… deben estar al servicio de los niños.

Pero es importante mantener el optimismo y trasladarlo también a las familias de los pequeños. Este proceso complicado también implica maduración, crecimiento personal y un aprendizaje para los más pequeños, que puede ser positivo con nuestra ayuda y acompañamiento.

No perdamos de vista lo que van a aprender, a disfrutar, a reírse en nuestra Escuela y con nosotros cuando nos fallan las fuerzas, o cuando necesitamos salir un momento del aula para recuperar la tan necesaria calma que debemos transmitir a nuestros niños.

¡A por un nuevo curso lleno de nuevas emociones y aprendizajes!

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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Quiérele cuando menos lo merezca…

Quiérele cuando menos lo merezca...

Este fin de semana, en una de nuestras escuelas de familias, con las que disfruto (y aprendo) muchísimo, salió esta frase que ya empieza a ser muy conocida: “Quiérele cuando menos lo merezca, que será cuando más lo necesite”.

Y es que las familias, afortunadamente, cada vez saben más de la importancia del afecto para el desarrollo infantil, pero no todas conocen hasta qué punto, las conductas disruptivas, las emociones tan intensas, las rabietas, los mordiscos… son producto de su funcionamiento cerebral. Y no de un intento de manipularnos, de ir contra nosotros o de molestarnos. Simplemente dan la única respuesta que su cerebro, en ese momento, está preparado para dar.

Y el cerebro infantil aún no tiene madura la corteza (la parte más evolucionada de nuestro cerebro) que le permita racionalizar lo que siente, inhibirse, planificar que sucederá dependiendo de lo que haga, etc. ya que los enlaces, los caminos neuronales, entre el sistema límbico (emocional) y el córtex cerebral (racional) aún no están creados ni funcionan de forma coordinada como lo harán después.

La reflexión que debemos hacer es si, en esos momentos de rabieta, en los que patalean en el suelo (mucho peor si además es en un sitio público) estamos preparados para ser su corteza cerebral. O dicho de otra forma, si podemos mantener la calma que ellos necesitan para recuperar la suya.

que será cuando más lo necesite

Efectivamente, en esos momentos de rabieta, de emociones descontroladas, nos necesitan. Ya que por sí mismos no van a saber salir del bucle emocional en el que se encuentran y que además, va inundándoles de cortisol, una hormona asociada al estrés que es el mayor enemigo del cerebro.

Y como somos su modelo debemos aprender a regularNOS para poder regularLES, y lamentablemente no siempre disponemos de herramientas eficaces que nos ayuden con nuestro propio control emocional.

Aprender a conocernos emocionalmente lleva tiempo y reflexión, pero mientras iniciamos ese camino personal queremos ofreceros algunas herramientas que pueden ayudaros.

Y no, no van a hacer desaparecer las rabietas, porque las rabietas también son necesarias para el desarrollo cognitivo del niño y para su aprendizaje, pero quizá puedan ayudarnos a que nuestras actuaciones del presente les ayuden ahora, y en el futuro.

Herramientas eficaces

  • Aislarnos de las emociones del niño, ya que estas son muy contagiosas, y nosotros debemos mantener la calma. Y aislarnos no implica ignorarles, ni mucho menos. Supone respirar, contar hasta diez y encontrar primero la calma en nosotros para dar respuestas adecuadas antes de pasar a la acción.
  • Prestar toda nuestra atención al pequeño y a lo que le está sucediendo, escuchándole tanto verbalmente como con nuestro cuerpo, con nuestra mirada (colocándonos a su altura, manteniendo el contacto visual…). Quizá en ese momento el niño no querrá hablar con nosotros e incluso puede que tampoco quiera que estemos con él, pero al menos debe saber que si nos necesita vamos a estar ahí.
  • Validar sus emociones, ya que todas las emociones debe sentirlas, debe experimentar con ellas, para poder aprender a manejarlas de forma correcta. Ya que todas ellas le van a aportar algo (el miedo nos protege del peligro, la ira nos ayuda a defendernos y a superarnos, la tristeza nos ayuda a sobrellevar lo que nos ha pasado dándonos tiempo…). Validar la emoción supone ponerle nombre, para que ellos puedan identificarla (y también porque cuando lo hacemos, la amígdala, que se activa en esos momentos de frustración, se relaja).

¿Cómo se valida una emoción cuando es negativa?

Tendemos a creer que si validamos la emoción validamos la conducta, y puede que la conducta no sea la adecuada, pero emoción y conducta son dos cosas diferentes.

La emoción es incontrolable, innata, contagiosa, inmediata… y nadie puede evitar sentirla, ¿verdad que no puedes dejar de enfadarte cuando alguien se porta mal contigo?, pero en cambio el hecho de que se porten mal conmigo no quiere decir que deba agredirles (conducta)

Es decir, el niño tiene derecho a estar enfadado pero no a pegarnos o a pegar a su hermano, o a romper el juguete. Validar la emoción es hablarles desde nuestro hemisferio derecho, desde nuestra empatía: “entiendo que estás enfadado porque…” . De esta forma le ayudamos a hacer algo que él aún no puede, racionalizar la emoción y además sentirse acompañado en ella.

  • Tener expectativas positivas sobre el niño, tener confianza en él y en su capacidad, y hacérselo saber con nuestra actitud y con nuestro lenguaje; “confío en ti, eres capaz de esperar un poquito, de recoger los juguetes…”. Las expectativas se cumplen, así que mucho mejor si son buenas.
  • Darles el poder de poder resolver su dificultad cuando puedan hacerlo, en vez de hacerlo por ellos. “Entiendo que te has enfadado porque querías ese juguete pero no puedes quitárselo, ¿qué crees que puedes hacer?”. Veréis que ellos mismos os dicen “esperar”, “pedirlo por favor”, etc.
  • Evitar el “no pasa nada”, nos han enseñado a minimizar nuestras emociones, a que evitemos llorar si nos caemos, a que evitemos la rabia cuando algo no sale como queremos… Las emociones hay que dejarlas fluir, negarlas no es el camino.
  • Ni tampoco “castigar” a la mesa con la que hemos tropezado y decirle que es tonta, porque atribuir a objetos inanimados conductas no les ayuda a comprender lo que les pasa, pone una “tirita” (devolver el daño) que ni es positiva, ni les ayudará para el futuro.
  • Pon límites. los necesitan, les ayudan a desenvolverse en su entorno y les ofrecen una seguridad que necesitan sin ninguna duda. Para que sean efectivos deben ser: claros, pocos (solo los necesarios), consensuados por ambos padres, y coherentes (que se mantengan siempre y no dependan de nuestro estado anímico).
  • Mejor consecuencias que castigos, y es que castigar no enseña, o mejor dicho, no es lo más efectivo para lo que buscamos, que es que se responsabilicen de sus actos. Es mucho más efectivo enseñarles que lo que hacemos tiene consecuencias, y que si lo que hacemos no está bien, las consecuencias serán acordes a ello.

Por ejemplo si sale corriendo por la calle y cruza una carretera y  la consecuencia será que no podrá ir por la calle sin ir de la mano hasta que vuelva a ganarse nuestra confianza. Y se lo diremos sin enfadarnos, para que sepa que es una consecuencia de lo que ha hecho, y no un castigo. 

(Además si las consecuencias tienen que ver con la falta cometida, el cerebro las integra  y asocia mejor).

Y el amor, siempre, incondicional

Y aunque podríamos seguir, para no hacer aún más largo este post, queremos recordaros algo muy muy importante: el amor debe ser siempre incondicional. Es necesario para ellos y para nosotros. 

Desterremos de nuestro vocabulario las amenazas relacionadas con el afecto “si haces eso no te querré”. No son verdad y les hacen daño a ellos, y a nosotros.

 Lo que debemos transmitir con nuestra presencia, nuestra cercanía, nuestro lenguaje y nuestras actuaciones,  es que “siempre te querré, incluso aunque en algún momento no me guste lo que hagas”.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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¿Cómo es tu lenguaje? el lenguaje docente

¿Cómo es tu lenguaje? El lenguaje docente

No sólo hablamos con nuestro lenguaje verbal, también con nuestra expresión gestual, con el movimiento de nuestro cuerpo... ¿Eres consciente de cómo lo haces?

El lenguaje del profesor es uno de los recursos más poderosos de los que disponemos, y no solo nos referimos al lenguaje verbal, también al gestual. Nuestra expresión facial, nuestra mirada, nuestra forma de gesticular, de tocar, de acercarnos o de mantener distancia está muy vinculada a la emoción, que como ya sabemos, es imprescindible para el aprendizaje. Los niños son verdaderos expertos en comunicación no verbal, se mimetizan con los estados emocionales de los adultos (neuronas espejo), pero es que además en el desarrollo esta conducta no verbal precede a la verbal, y cuando hay incongruencias entre una y otra, consideramos más creíble la gestual.

Es difícil engañar con nuestros gestos, ya que hay algunos de ellos, como las expresiones faciales, la mirada… que son muy difíciles de controlar de forma intencional. En concreto la mirada es un potente comunicador. Nos indica si el mensaje e incluso la persona que lo trasmite, nos interesa, completa lo que estamos escuchando, nos permite expresar estados de ánimo (mirada alegre, triste…). Siendo quizá la forma más sutil de lenguaje corporal. Igualmente la risa y la sonrisa van asociados a nuestra parte más social, y ambas son claramente distintas de las forzadas, en las que los ojos no participan o en las que no se muestran los dientes.

También nuestra postura y nuestros gestos pueden indicar interés y rechazo. Unos brazos y piernas abiertos implican aceptación mientras que cerrados es posible que indiquen rechazo, miedo (protección) o inseguridad. La orientación de nuestro cuerpo hacia otras personas, por ejemplo al estar sentados, indica aceptación… en definitiva, el movimiento de nuestro cuerpo al hablar puede ser un importante reforzador del contenido pero un movimiento excesivo o incongruente puede transmitir nerviosismo, inseguridad o generar dudas si el movimiento de nuestras manos, brazos o cabeza no se ajustan a lo que estamos diciendo. 

Nuestros movimientos corporales indican nuestro estado de ánimo, pero también forman parte de nuestra personalidad y en algunos casos son fácilmente reconocibles por las personas que nos conocen.

Para algunos autores el lenguaje corporal es la manifestación exterior de la conexión entre nuestro cerebro límbico y nuestro cerebro emocional

¿Qué debe transmitir nuestro lenguaje?

  • Nuestro lenguaje verbal y corporal debe transmitir respeto y confianza en el niño, favoreciendo la expresión de sus opiniones y de sus temores, para que no tenga miedo a cometer errores, fomentando la seguridad en sí mismo y animando a los niños a que asuman progresivamente pequeñas responsabilidades.
  • Debemos favorecer la comunicación afectiva también con nuestro cuerpo, transmitiendo cercanía y utilizando un diálogo afectivo, cooperativo, que recoja propuestas y críticas buscando la cooperación y el encuentro.
  • También debemos propiciar la comunicación entre los niños, verbal o corporal en función de la etapa, fomentando que se comuniquen, intercambien ideas, actuaciones, sentimientos…
  • Nuestro lenguaje debe evitar los prejuicios y estereotipos sociales contrarios a nuestra sociedad democrática y a nuestra educación inclusiva. Si nuestra conducta es coherente a estos valores, nuestro lenguaje verbal y corporal también debe serlo.
  • Transmitir interés por el aprendizaje, por las iniciativas de los niños, reforzando su motivación hacia lo que están aprendiendo y animándoles a volver a intentarlo cuando no consiguen el resultado esperado.

¿Cómo podemos hacerlo? (Frontela, 2013)

  • Utilizando eficazmente nuestra voz, ya que el tono de voz también guía la respuesta del niño. (Un tono de voz firme lleva a la acción, uno relajado a la reflexión)
  • Hablando despacio, con calma, afecto y utilizando la mirada.
  • El contacto visual es imprescindible para dar sentido a nuestras palabras, colocarnos a la altura de los ojos de los niños, agachándonos, les hace sentir que son importantes y que tienen toda nuestra atención, igualmente es importante saber interpretar la mirada de los alumnos.
  • Dando pocas órdenes o consignas, ya que de lo contrario pueden perderse y dudar sobre lo que tienen que hacer.
  • Estas consignas deben ser claras y relacionadas para evitar confusiones, además debemos razonarlas para que los niños entiendan el motivo de ellas y facilitar así también su cumplimiento.
  • Incluyendo  en nuestro lenguaje dar opciones, ya que facilita el ensayo de la toma de decisiones, que es una función ejecutiva.
  • Utilizando el lenguaje para redirigir actuaciones más que para criticar las que están realizando. Es más efectivo y no afectamos la autoestima de los niños.
  • Acompañando el lenguaje de movimiento, evitar mostrarnos estáticos, dependiendo del contenido podremos adoptar diferentes posturas o ubicaciones.
  • Usando  todo tipo de lenguajes para favorecer la expresión de los niños: la expresión plástica, musical, artística…
  • Utilizando los silencios, el silencio ayuda a los niños a interiorizar y reflexionar sobre lo que estamos trabajando
  • Ayudándoles a respetar los turnos de palabra, para que tengan en cuenta y escuchen las opiniones de los demás.
  • Utilizando el lenguaje para que los niños cuenten lo que están haciendo, lo que van a hacer… de forma que fomentemos el pensamiento y la reflexión sobre sus actividades, frenando la impulsividad.
  • Utilizar también el lenguaje para que los niños hagan predicciones, den explicaciones, relacionen lo que han vivido con lo que están aprendiendo,
  • Realizando las preguntas con criterio, preguntar es una forma de evaluar, por eso os recomendamos no abusar de ellas. Esto es especialmente importante con los menores de tres años, que por su edad, deben activar las áreas cerebrales de entrada de información y al hacer preguntas activamos áreas de salida.
  • También es eficaz darles tiempo suficiente para que respondan cuando les hacemos una pregunta, sin que se sientan presionados a responder rápidamente sin reflexionar (impulsividad propia de la edad).
  • Recurriendo a la broma, a la diversión, para motivar los aprendizajes en las ocasiones en las que sea conveniente. El sentido del humor es útil para afrontar muchas situaciones, para quitar importancia a los errores, equivocaciones… para asumirlas con naturalidad y sin afectación de la autoestima de los niños.

Ana Muñoz

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Hace bueno, quitamos el pañal

Hace bueno, quitamos el pañal

No, el control de esfínteres no depende de la estación del año... ni tampoco del aprendizaje, es un proceso madurativo

El control de esfínteres es probablemente, junto con la locomoción, uno de los hitos de desarrollo más esperados durante esta etapa, tanto por la autonomía que este logro implica en los niños como por las exigencias en muchos casos de los colegios, para la incorporación de los más pequeños al segundo ciclo de la Educación infantil.

Pero, a pesar de que aún es frecuente que este logro se intente alcanzar recurriendo al aprendizaje, el control de esfínteres es, fundamentalmente, un proceso madurativo. Es decir, no se puede aprender si el niño no está maduro para lograrlo. Y por ello no se alcanza porque se le “vaya sentando a ratitos en el orinal” sino que necesita de la maduración de diferentes estructuras que harán que pase de ser un reflejo automático a una conducta voluntaria y controlada.

El control de esfínteres, por tanto, depende del desarrollo de cada niño (de su ritmo y maduración) y NO SE PUEDE INDUCIR externamente. Solo se puede acompañar y apoyar el proceso cuando el niño está maduro y motivado para lograrlo.

¿Qué necesita el niño para lograr el control de esfínteres?

Para lograr el control de esfínteres el pequeño debe:

  • Haber madurado las estructuras de control cortical implicadas en el proceso.
  • Haber logrado la capacidad muscular que permite el control de la micción y la defecación.
  • Tiene que estar motivado y sentirse acompañado por los adultos que le hacen sentirse seguro de poder lograrlo e incluso de disfrutar del proceso.

Es decir, debe tener una cierta madurez neurológica, fisiológica y psicológica, pero también que respetemos sus ritmos de maduración y que confiemos en sus capacidades.

¿Cuándo ha llegado el momento? Algunos indicadores de maduración.

Generalmente esta adquisición se producirá en torno a los 24-30 meses, aunque puede variar en función del niño y de su propio proceso madurativo. De esta forma puede iniciar el control desde los dos a los cuatro años, y completar el proceso con el control nocturno hasta los 6-8 años, ya que el control nocturno de la orina es el último en alcanzarse.

Algunos indicadores que pueden ayudarnos a saber si están maduros para lograrlo son (no es imprescindible que se cumplan todos):

  • Empieza a ser más consciente de su cuerpo y esquema corporal, diferenciando algunas de sus partes y teniendo cierto control sobre su cuerpo que le permite agacharse, subir, bajar, saltar… y también subirse y bajarse la ropa de forma autónoma.
  • Tiene más consciencia de sí mismo, utilizando el “yo” y el “mío”. ES decir, comienza a diferenciarse de otros y a conformar su propia identidad.
  • Posee “cierta” capacidad para controlar sus impulsos (es una etapa en la que la inhibición es aún muy inmadura, pero puede lograr esperar un poco, por ejemplo) es una habilidad que necesitará para “llegar al baño”.
  • Su lenguaje le permite expresarse y hacerse entender, es capaz de decir que no (de decidir si desea o no hacer algo)
  • Reconoce algunas nociones espaciales como arriba, abajo, dentro, fuera…
  • Pasa muchos ratos con el pañal seco, con micciones menos frecuentes y más predecibles.
  • Es más consciente de cuando está sucio o puede identificar sensaciones previas antes de hacer pis/caca.

Y también es imprescindible contar con la motivación del niño, ya que sin ella es muy difícil lograr el éxito del control aunque esté maduro. Afortunadamente podemos presentar esta nueva habilidad de una forma muy positiva y ayudarnos de algunos recursos que pueden ayudarnos a motivarles a lograrla (cuentos, ropa interior, el modelo de la propia familia…).

El proceso de control

  • Elegir el momento adecuado; además de que el niño esté preparado, debemos elegir un momento tranquilo, sin cambios (no hacerlo coincidir con cambio de habitación, nacimiento de hermanos…). El control no está asociado a ninguna estación, por lo que aunque sea más frecuente que las familias prefieran que coincida con el buen tiempo, no es necesario.
  • Disponer de un ambiente relajado, tranquilo, siendo conscientes de que en el proceso de control es lógico que haya escapes y no hay que darles importancia, también forman parte del proceso.
  • Para favorecer la motivación y el conocimiento de los nuevos elementos que formarán parte de este hito, podemos comprar con el niño la ropa interior de sus personajes favoritos e incluso un adaptador para el water u orinal si le da miedo el water o siente inseguro en él (si no le da miedo es preferible utilizar un adaptador para el water, ya que el orinal es un paso intermedio y menos higiénico).
  • Utilizar ropa que facilite su autonomía, pantalones cómodos que pueda subir y bajar por sí mismo. Favorecer su autonomía logra también mejorar su autoestima y sentimiento de capacidad.
  • Dar naturalidad al control, obviar los escapes y felicitar los logros sin exagerar. Tampoco es conveniente estar permanentemente preguntándoles o llevándoles al baño, ya que es la mejor forma de desmotivarles. Es preferible que sufran algún escape a estar permanentemente obligándoles a ir.
  • Establecer momentos concretos en la jornada (en la medida de lo posible que coincidan con sus hábitos de micción/excreción) como al levantarse, a media mañana, antes y después de la siesta, antes de salir al parque, por la tarde y antes del baño suelen ser más que suficientes. También es útil plantear estas visitas al baño en positivo y como una afirmación (mejor decir “vamos al baño” que “ ¿no te apetece ir al baño?” cuando no es opcional.
  • Felicitar también los pasos intermedios, como avisar de que quiere ir al baño aunque no llegue a tiempo. Es mejor utilizar refuerzos verbales que premios físicos, y en cualquier caso, una vez logrado el control se deben retirar.

¿Qué debemos evitar?

  • Las prisas, no respetar los tiempos y los ritmos de los niños. No dejarnos llevar por los comentarios de otros familiares o amigos, experiencias ajenas o cómo haya sido con sus hermanos.
  • La incoherencia, si alternamos tiempos de pañal con otros en los que lleva ropa interior, el pequeño no sabe cuándo es necesario que ejerza el control. Igualmente las llamadas braguitas de aprendizaje no suelen resultar muy útiles.
  • Enfadarnos con el niño cuando se producen escapes. Todos los aprendizajes incluyen errores. En el caso del control de esfínteres estos errores les ayudan a ser conscientes también de cómo se produce ese control (la sensación de mojarse que no han vivido antes).
  • Exagerar en los refuerzos para favorecer que se fortalezca el aprendizaje. Podemos y debemos utilizar refuerzos (palabras afectuosas) pero deberán irse espaciando a la vez que se va logrando el control para retirarse, y darle normalidad cuando este ya está adquirido.

Posibles incidencias...

  • El niño no está maduro y sufre escapes permanentes: se puede volver a poner el pañal, el hecho de quitarlo no quiere decir que no haya marcha atrás. Lo único que es probable que hayamos perdido “un poquito de motivación” para cuando esté preparado.
  • Que el niño utilice los escapes “a voluntad” para llamar la atención del adulto: no darle importancia, sin enfadarnos, darles ropa y toallitas para que se limpien (no lo harán bien, pero se aburrirán de hacerlo y dejarán de utilizarlo como llamada de atención).
  • Está maduro pero no está en absoluto interesado: intentar nuevas estrategias de motivación, y en algunos casos, pocos, acaba siendo necesario quitar el pañal y dar por hecho que hemos pasado a otra etapa (reforzando en cualquier caso los logros).
  • Les da miedo la caca, se estriñen y piden el pañal de nuevo; hay veces en las que pasa, ven algo que sale de su cuerpo y que no han visto nunca y eso les provoca inquietud. Acompañarles con afecto, poco a poco, se irán sintiendo más seguros.

¿Cuándo podemos decir que el control de esfínteres está adquirido?

Cuando el pequeño haya logrado no sufrir ningún escape en cinco, seis días podremos decir que ha logrado el control diurno. Recordemos que el nocturno puede alargarse mucho más en el tiempo sin que sea patológico (hasta los seis años).

La retirada del pañal por la noche se puede llevar a cabo cuando durante una semana, diez días, se despierte con el pañal seco. Despertarle para “ayudarle” a lograr este control es un error, ya que no ayuda al control y estaremos interrumpiendo su sueño (imprescindible para su desarrollo) para no lograr ningún avance.

Una vez que esta adquirido por completo el control, es conveniente enseñar al pequeño habilidades higiénicas relacionadas con él, como subir y bajar la tapa del water, cortar el papel higiénico y limpiarse, tirar de la cadena, lavarse las manos…

Y cuando este logro esté definitivamente conseguido, debemos confiar en su autonomía y quitar todos los refuerzos (recordarle ir al baño, insistirle) ya que debemos pensar que es igual de hábil que los adultos para controlarlo.

¡ A por otra etapa!

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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7 actuaciones indispensables para infantil desde la Neuropedagogía

Siete actuaciones indispensables para la etapa infantil según la Neuropedagogía

Hace unos días volví a la facultad, aunque no a la mía, y en esta ocasión como profe para contarles a los futuros docentes de infantil, lo que la Neuropedagogía puede aportar a su trabajo. Al principio me costó centrarlo porque ¿cómo explicar en una sola hora lo que era más relevante? pero luego fueron surgiendo aquellos aspectos que me parecieron más importantes o al menos más llamativos. Ya que como dice la neurociencia y Francisco Mora, “sin emoción no hay aprendizaje”.

Hoy os cuento algunos de ellos en este artículo por si os sirven de apoyo en vuestro trabajo, con vuestros hijos o simplemente para que sepáis algo más de cómo funciona el órgano encargado del aprendizaje: nuestro cerebro.

Empezamos… 

1. Conocer y respetar el desarrollo individual de cada niño

Es imprescindible conocer cuáles son las actuaciones habituales de los niños de cada edad en las diferentes áreas de desarrollo para saber qué podemos pedir y que podemos esperar. Pero también es imprescindible conocer a cada niño de forma individual para poder hacer un seguimiento efectivo de su desarrollo, ya que no todos los niños de la misma edad tienen las mismas habilidades.

Conocer cuál es su ritmo nos ayudará a realizar un seguimiento más adecuado y ajustado a sus necesidades, y para ello la evaluación inicial es un estupendo recurso.

Pero además, respetar ese desarrollo implica no adelantar etapas, es decir, debemos favorecer que siga a su ritmo completando todos los hitos más relevantes (como ya hemos comentado en otro post, pero que por su importancia no podemos dejar de mencionar).

2. Dar información y no demandarla

La tentación de preguntar a los niños para valorar sus conocimientos es muy fuerte en todas las etapas educativas, también en infantil. Pero precisamente en estos primeros años los niños tienen “un cerebro que llenar”, un montón de conexiones sinápticas que hacer… y cuando hacemos preguntas ponemos a sus cerebros en modo “salida” de información, en cierto modo, en alerta (como cuando el profesor iba a preguntarnos y nos poníamos tensos y ya no podíamos atender a nada que no fuera elaborar la respuesta).

Y esta es una etapa en la que hay que activar las áreas de entrada, ofreciendo información sin pedir tantas respuestas para ayudarles a crear conexiones. Y no debemos tener miedo a dar mucha información, cada uno de nuestros pequeños alumnos se quedará con la información que pueda procesar, que le resulte más motivadora o que haya podido enlazar con otra información significativa relacionada.

Lo que sería erróneo es tratar de que se aprendan todo ese “exceso” de información que le hemos dado.

Ofrecerle mucha información les ayuda, exigirla les perjudica.

3. Repetir y enlazar aprendizajes significativos

Cuando los niños repiten una y otra vez la misma actuación, el mismo cuento, la misma película, afianzan las redes neuronales que han creado relacionados con estos aprendizajes mielinizando esas redes (recubriéndolas de una sustancia grasa que favorece que no se pierda la conexión entre las neuronas).

Lo mismo sucede cuando enseñamos algo a nuestros alumnos y lo repetimos con una duración corta y una frecuencia alta (por ejemplo todos los días durante poco tiempo). Logramos que el aprendizaje se fortalezca.

Cuando lo hacemos de la misma forma solo hacemos más fuerte esa red, en cambio, cuando lo realizamos de diferente forma la ampliamos, haciendo que otras neuronas o incluso otras redes se enlacen, lo que hace que se haga más relevante al haber integrado diferentes áreas cerebrales. Lo mismo sucede si incorporamos información nueva o si utilizamos diferentes canales (sensoriales, motores, lingüísticos) para presentarla.

La Neuropedagogía nos ha enseñado que para fijar el aprendizaje, además de la repetición y la variación, es conveniente que se pueda enlazar con otros, ampliando así unas redes con otras, buscando la transversalidad, ya que el cerebro no aprende por departamentos estanco, sino que enlaza en sus redes aprendizajes con puntos en común. 

4. Cuida el ambiente sensorial

Otro complemento que los niños traen “de serie” es una atención “dispersa” que les permite aprender muchas cosas, que luego irá fijando o eliminando, en muy poco tiempo. Esa es la verdadera razón de que los niños de infantil tengan tiempos cortos de atención: necesitan aprender mucho, y si su atención fuera más sostenida, se limitarían sus entradas de información, y esta es también es la razón de que debamos facilitarles el poder focalizarla en lo que es más relevante en algunas ocasiones.

Y para ello tenemos que cuidar el ambiente sensorial que les rodea, ya que el tálamo (una estructura del sistema límbico que se encarga de filtrar estímulos y activar la atención) tampoco es tan eficaz haciéndolo en esta etapa como será después.

Por eso un aula, o una habitación, llena de colores, dibujos, luces… no es lo más adecuado para ayudarles a focalizar la atención.

Y en cambio sí favorecerá la fijación de aprendizajes si la propuesta sensorial que les hacemos implica el máximo número de sentidos posibles  sin caer en la sobreestimulación (más sentidos, más redes; más redes, aprendizajes más estables).

5. A través del movimiento “vemos” cómo funciona el cerebro

El movimiento es el que articula todas las áreas de desarrollo en la etapa infantil. Gracias al movimiento se pueden desarrollar más y mejor todos nuestros sistemas sensoriales e incluso nuestro lenguaje.

Un niño que se mueve experimenta con sus sentidos constantemente, crea nuevas conexiones y las fortalece, se siente autónomo y capacitado y además también favorece su lenguaje.

Ya que el lenguaje guarda una estrechísima relación con el movimiento, no en vano necesitamos el movimiento de todo nuestro aparato fonador para hablar, y en concreto el movimiento de nuestras manos va intrínsecamente unido a nuestro lenguaje (aunque esto ya es otro tema).

El movimiento nos permite desarrollar todas nuestras capacidades, y esto es muy importante porque “lo que no se usa, se pierde”. Y es que nuestro cerebro tiene una capacidad limitada, y necesita liberar espacio de aquello que no usamos, teniendo un mapa sensorial y motor de cada una de las partes de nuestro cuerpo que se activa y se potencia cuando nos movemos.  

Un niño con un buen desarrollo motor, con habilidades motoras acordes a su edad y maduración, es un niño con un buen desarrollo cognitivo. No en vano el primer, y más eficaz, instrumento para aprender en la etapa infantil, es su propio cuerpo.

6. No confundir la entrada, el procesamiento y ... la salida

Cuando el niño tiene un problema en su desarrollo es habitual que solo nos fijemos en el síntoma, en lo que podría ser la “salida” e incluso la falta de salida. Pero a veces la propia luz no nos deja ver el bosque… Un ejemplo claro son las dificultades de lenguaje en la etapa infantil. Por ejemplo ante la ausencia de lenguaje expresivo o cuando el pequeño presenta una mala pronunciación, tendemos a pensar que se debe a un trastorno en aspectos relacionados con el aparato fonador. Pero a veces el problema se debe a la entrada, a un oído que no recibe bien la información (en muchas ocasiones por los mocos que acompañan a esta etapa) o al procesamiento que el cerebro debe hacer de la información que recibe el oído que debe combinar con el otro oído y convertir en señales eléctricas, que son el lenguaje de nuestro cerebro para poder interpretarlas.

Nuestra función no es saber qué pasa, pero sí ser prudentes para evitar que estemos trabajando el síntoma de la dificultad y no el origen, lo que puede llegar a ser muy frustrante para los niños ya que no consiguen los resultados esperados.

Una mala comprensión lectora no suele solucionarse leyendo mucho, porque el problema se mantendrá y aumentará la frustración, una dificultad en el lenguaje no siempre se solucionará trabajando praxias, porque quizá el niño no oye bien o no procesa bien lo que oye, un niño con TDAH no mejorará porque se le invite a no moverse (más bien al contrario), etc.

7. Ser un docente emocionante

El cerebro del niño de 0-6 es fundamentalmente límbico. Es decir, es un cerebro emocional, ya que las fibras que conectan el sistema límbico con el córtex (nuestro cerebro más evolucionado y responsable de las funciones ejecutivas) aún no están maduras. Por eso pretender que un niño menor de seis años nos dé respuestas racionales es, en gran medida, una quimera.

Nuestra etapa se caracteriza por la falta de regulación emocional, que es una función del córtex que aún no está madura, de ahí que vivamos momentos tan intensos emocionalmente y tan variables (ahora están felices, dos minutos después lloran amargamente). Y por vivir cada experiencia con toda la energía, la intensidad, la emoción… ¿Qué mejor manera que acceder a ese cerebro en desarrollo, límbico, que desde la emoción, la sorpresa, la diversión?.

 Todos los aprendizajes que planteemos desde esa emoción y que comprometan la propia actividad del niño serán mucho más eficaces, duraderos y gratificantes.

Pero además es algo muy sencillo de lograr en esta etapa, ya que genéticamente vienen preparados para que todo les resulte interesante (acordaros, tienen un cerebro que llenar). Y además hasta los cuatro años no existe para ellos el aburrimiento, porque su aprendizaje aún no es consciente. Así que cualquier actividad, juego, que les propongamos será bien recibido si conseguimos despertar su interés, si llamamos su atención.

Ya que, por cómo está configurado nuestro cerebro, TODO lo que aprendemos pasa por un filtro emocional antes de convertirse en racional. Importante, ¿verdad?

Y si dudáis de ello pensad en el primer recuerdo que tengáis de vuestra infancia seguro que va asociado a algo emocional, un acontecimiento inesperado, una sorpresa, un momento divertido, triste…

Nuestras emociones nos manejan, convirtámoslas en un aliado para disfrutar aún más de nuestra profesión, de nuestros hijos…

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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Cada etapa tiene su momento

Cada etapa tiene su momento

Andar sin haber gateado, sentarse en el orinal cuando aún no ha madurado para conseguir el control de esfínteres, utilizar tablets y móviles cuando no conocen su propio cuerpo, “hacer” fichas cuando aún no controla el movimiento del brazo, enseñar lectoescritura sin tener un buen desarrollo del lenguaje, etc.

Y podríamos seguir… hay tantos aprendizajes que los adultos nos empeñamos en que los niños consigan cuanto antes, en muchos casos sin que estén preparados, que podría parecer que tenemos prisa porque crezcan. Pero no es así, ya que al mismo tiempo nos parece que el tiempo pasa demasiado rápido, que no nos permite disfrutar de todos los momentos, aunque a veces nos sorprendamos escuchándonos decirles como halago “que mayor eres”.

Disfrutar de esta maravillosa etapa de infantil es también disfrutar de cada uno de los pasos que completará el niño en esa escalera del desarrollo en la que todo sigue un orden. Y en la que cada escalón ayudará a lograr el siguiente, sin esfuerzo y en su momento. Pero el momento lo  marca el niño, al que solo tendremos que acompañar sin limitar, ofrecer sin agobiar, alentar sin exigir, confiando en él.

El cerebro del bebé ya viene preparado con programas genéticos de desarrollo que se activan en el momento y en el contexto adecuado. Y cuando apresuramos el aprendizaje dejamos vacíos de información cerebral que su sistema nervioso tiene que suplir.
Y cuantos más vacíos suplimos más ineficaz se vuelve nuestro cerebro.

En esta primera etapa infantil, no me cansaré de decirlo, es en la que se sientan las bases de desarrollo que necesitaremos después. Aquí empiezan a sustentarse los cimientos, la parte subcortical de nuestro cerebro, que hará que el cerebro cortical, más elaborado y con funciones más complejas pueda funcionar bien.

¿Cómo podremos copiar de la pizarra y entender lo que pone si nuestros ojos y nuestras manos no son capaces de trasladar con eficacia esa información al papel y tiene que hacerlo nuestro cerebro más evolucionado?

Es en la etapa infantil en la que nuestros ojos, nuestras manos, nuestros movimientos, van a ensayar esas habilidades para que, posteriormente, podamos hacerlas de forma automática y nuestro cerebro solo utilice su energía en comprender y en elaborar respuestas. Es a través de los hitos de desarrollo motor como nuestros ojos aprenderán a realizar la convergencia y la divergencia visual que van a necesitar tener bien entrenada.

Andar sin voltear, sin reptar, sin gatear...

“Mi hijo es muy listo, andaba con 9 meses”

A veces cuando escucho esta frase me gustaría contestar que un bebé anduvo tan pronto se ha saltado muchos escalones que necesita (los expertos recomiendan que el bebé gatee al menos cuatro meses).

Todos los bebés andarán, salvo que tengan alguna dificultad, pero que lo hagan antes saltándose hitos tan relevantes como el volteo, el arrastre o el gateo, va a hacer que no haya ensayado el tiempo suficiente las habilidades que va a necesitar tener bien integradas. Como: controlar su cuerpo, orientarse en el espacio (también en el gráfico que utilizará para escribir), inhibir reflejos primitivos, sentirse autónomo, no tener miedo al movimiento, tener un buen desarrollo vestibular y propioceptivo, etc.

Sentarse en el orinal para que vaya “aprendiendo”

¿Cómo se aprende una función que es madurativa? 

Desmontar esta afirmación tan arraigada llevaría un post entero, pero al menos debemos decir que sentándoles antes de tiempo lo único que lograremos es que pierda la motivación para lograrlo cuando de verdad esté maduro. No se adquiere el control de esfínteres con aprendizaje, requiere madurez. Y motivación, porque si alguna de las dos falla, aún no ha llegado el momento (o hemos insistido tanto cuando aún no había madurez que cuando ya la tiene hemos perdido el comodín de la motivación).

Utilizar tablets y móviles cuando aún no conocen su cuerpo

Las tablets y los móviles, y en general todas las pantallas, tienen poco útil que ofrecer a los más pequeños, pese a que sean una atracción tan poderosa. Y en cambio limitan mucho (cuanto más tiempo, más limitación) que dediquen el tiempo a lo que realmente es importante.

En la etapa infantil el principal instrumento de aprendizaje de los niños es su cuerpo y su  principal fuente de conocimiento va a ser su relación con el entorno. Ambos van a lograr que el pequeño comience a dar respuesta a las necesidades que se le plantean y a que estas sean cada vez más eficaces, más ajustadas.  A través del movimiento, y de su sensorialidad, aprende a moverse y a parar (el control de la inhibición es una función ejecutiva muy importante), a conocer objetos y texturas, a responder a estímulos, a elaborar su propio pensamiento… y todo eso se pierde cuando están delante de una Tablet o un móvil, que limita su movimiento, su expresión y su relación con el entorno. Por no hablar de la luz que irradian e inhibe la melatonina, de la observación pasiva que muestran cuando los están utilizando, de las dificultades visuales que provocan, la falta de concentración, etc.

Es cierto que los niños del presente serán tecnológicos pero el momento no es ahora.

Hacer fichas...

Puede que hacer fichas pueda tener algún atractivo para los más pequeños por imitación de lo que hacemos los mayores. Pero en concreto en la etapa de 0-3 poco puede aportarles, ya que una vez más, lo importante es afianzar lo previo.

¿Y qué es lo previo? Gesell ya lo dijo hace muchos años, la maduración sigue un orden céfalo caudal y próximo distal. Es decir, se logra antes el movimiento amplio de nuestros brazos que el movimiento preciso de nuestros dedos. Esta es una época de mover nuestros brazos, de utilizar ambos brazos y ambas manos, para tener una buena lateralidad en el futuro.

Y antes de simbolizar, pintando una pelota en una ficha, es muuuucho mejor jugar con ella.

Lectoescritura sin lenguaje

Aún siguen existiendo muchos colegios que inician la lectoescritura antes de que los niños estén preparados. Y este aprendizaje, que debería ser motivador e ilusionante, porque los niños desean aprender todo lo que hacemos los adultos, se convierte en una fuente de frustración cuando se produce antes de tiempo y les obliga a enfrentarse a diario, a algo que no están capacitados a realizar en ese momento.

Nuestro cerebro no viene preparado para leer y escribir, porque es una habilidad muy reciente para él, ya que «sólo» hace 6.000 años que lo hacemos. Necesita aprenderlo y para ello utiliza áreas cerebrales destinadas a otras habilidades o las “recicla”. Y una de esas áreas que va a utilizar, son las redes que utilizamos para el lenguaje. 

Por eso un niño sin un buen lenguaje comprensivo y expresivo difícilmente va a adquirir con facilidad este nuevo reto. Igualmente podríamos hablar de otras áreas necesarias para esa adquisición compleja cuya maduración finaliza en torno a los cinco, seis años, de forma que no parece muy buena idea empezar pronto si no a su tiempo. 

Y de nuevo ese tiempo es el que cada niño marque, para que cuando esté maduro y motivado, lo alcance con facilidad y lo disfrute.

Estas son solo algunas de las cosas que nos perdemos, y hacemos que se pierdan, cuando nos empeñamos en que consigan habilidades que aún no les corresponden por maduración, limitando en cambio aquellas que sí son propias de su edad y que van a afianzar los cimientos de su desarrollo. A veces la respuesta solo está en observarles, porque generalmente lo que les gusta es lo que están preparados para hacer. Y en cualquier caso nuestro cerebro guarda un "as" en la manga, y es su increíble plasticidad, la que nos ayuda a aprender en cualquier edad lo que en ocasiones hemos podido perder por el camino.
Disfrutad de esta etapa tan mágica, sin prisas, porque... pasa muy rápido.

Ana Muñoz

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Prohibido sentar(me)

Prohibido sentar(me)

¿Cuándo hay que sentar al bebé? ¿Es necesario sentarle para que tenga un buen desarrollo?

Llegan los seis meses y con ellos, en ocasiones, comienzan a recomendarnos que sentemos a nuestro bebé… pero…

¿Para qué? ¿Qué ventaja puede tener para el bebé estar en una posición a la que no ha llegado por sí mismo y que no puede mantener si no se le ayuda? NINGUNA

SENTARSE ANTES DE TIEMPO

  • Cuando sentamos a un bebé antes de tiempo tenemos muchas posibilidades de que se interrumpan los hitos motores de arrastre y gateo que benefician enormemente su desarrollo físico y cognitivo. Porque al desplazarse a través del arrastre y el gateo el bebé coordina sus dos hemisferios cerebrales, ejercitando su cuerpo calloso que comunica ambos para que sea rápido y eficaz posteriormente en todas las habilidades (también aquellas que requiere el aprendizaje escolar). Y a un bebé sentado prematuramente le va a costar mucho disfrutar de estar en el suelo para lograrlo, ya que preferirá esa nueva posición impuesta a la que se ha acostumbrado e incluso comenzará el desplazamiento autónomo desde ésta, culeteando para moverse, sin ningún beneficio cognitivo ni postural .
  • El bebe se acostumbra a mirar desde una posición más cómoda (porque está más alto) y amplía su campo de visión, peeero… desde esa posición no logrará ensayar la convergencia y divergencia visual que realizará si está en el suelo y se desplaza arrastrándose primero y gateando después.
  • Al no estar maduro para mantenerse en esa posición, tiene que utilizar las manos para apoyarlas sobre el suelo e intentar mantener el equilibrio. Al hacerlo, sus manos no están pudiendo realizar sus funciones de experimentación y exploración, no pueden coger objetos ni iniciar su coordinación ojo/mano.
  • Genera frustración y dependencia en el bebé, porque al estar sentado y no poder pasar a otra posición (porque aún no ha logrado estar sentado como un logro propio) no puede acercarse a objetos ni juguetes ni personas y se convierte en un espectador pasivo del mundo.
  • Cuando sentamos al bebé alteramos la posición de su columna y pelvis: la posición de la columna del bebé no es la correcta, está arqueada, sobrecargada, e igualmente su pelvis no está bien colocada, por lo que desde un punto de vista físico y articular, le estamos perjudicando.

La sedestación es una conquista a la que debe llegar el bebé de forma autónoma, sin necesitar puntos de apoyo, y que se producirá en un espacio concreto: el suelo

Entonces ¿cuándo? SENTARSE A SU TIEMPO

  • El momento lo va a marcar el bebé y su desarrollo, que es personal y propio. Lo hará cuando tenga el control del tono muscular suficiente, sin esfuerzo y sin distorsiones. Generalmente una vez adquirido el reptado o el gateo, ya que utilizará esta posición para descansar y manipular todas las cosas interesantes que les brinda el entorno (sí, también las pelusas…).
  • En este momento el pequeño también habrá adquirido el control que le permita mantener la postura sin desequilibrarse aunque mire hacia los lados (control antigravitarorio).
  • La posición sentado también es importante y necesaria para adquirir la locomoción, de hecho es imprescindible para que ésta pueda darse. Es decir, el bebé sí que debe sentarse, pero cuando esté preparado para hacerlo por sí mismo.
Observar cuando esté sentado que la posición sea correcta: espalda recta y las piernas flexionadas de forma cómoda, no en modo “saltador de vallas” (una pierna doblada hacia atrás y la otra estirada, o ambas dobladas en posición «W».)

Confía

Nacemos con un “software” que favorece de forma natural nuestro desarrollo, genéticamente estamos preparados para lograrlo, pero el ambiente que nos rodea tiene que permitirlo y favorecerlo.

Cuando intervenimos en el desarrollo del bebé corremos el riesgo de interferir de forma negativa pese a que nuestra intención sea buena. Confía en tu bebé, déjale en el suelo para que pueda, por sí mismo, disfrutar de su movimiento, de sus primeras experiencias, y evita todo aquello que  limita su movimiento y su experimentación (hamacas, tronas, parques, tacatás..,) y que la naturaleza no había previsto para ellos.

Ana Muñoz

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Con los siete sentidos

Con los 7 sentidos: 5 conocidos + 2 ocultos

Desde pequeños nos han contado que tenemos cinco sentidos, pero, sí, “hemos sido engañados”.

No solo no tenemos cinco,  sino que tenemos muchos más. Para algunos autores más de veinte, para otros doce, pero realmente al menos debemos tener presentes siete.

Porque esos dos sentidos “desconocidos”, a veces llamados ocultos (porque no tienen órganos que se ven exteriormente como los que ya conocemos), tienen una relevancia importantísima en el desarrollo.

Nuestro cerebro recibe casi ¡¡un billón de unidades de información por segundo!!, y gran parte de ella la va a procesar de forma que no tengamos que ser conscientes  de que la tiene. Pero nuestro cerebro está informado permanentemente de todos los datos que necesita para regular tanto las funciones propias del organismo (niveles de oxígeno, presión arterial, azúcar…) como aquella relacionada con el entorno que facilitan los sentidos relacionadas con la visión, el gusto, tacto, audición, gusto…

Pero también va a recibir información muy útil relacionada con nuestro cuerpo y que va a facilitar que realicemos movimientos coordinados que respondan a lo que necesitamos en cada momento. Y esta información imprescindible la proporcionan los llamados “sentidos ocultos”.

Los sentidos del movimiento: los sentidos ocultos

Estos dos sentidos ocultos, y que tienen una gran relación con el movimiento, aunque son sensoriales, son el sentido vestibular y el sentido propioceptivo, que ofrecen una información y cumplen un papel imprescindible para que podamos coordinar nuestro cuerpo con nuestros ojos, para que podamos sentir cómo está colocado… e incluso para poder andar en una dirección mientras miramos en otra. De hecho su importancia es tal, que en el caso de los nervios vestibulares, son los primeros en desarrollarse, antes incluso que los sentidos más “precoces” como el tacto y el olfato.

• El sentido del equilibrio: vestibular

¿sabías que si a los niños hiperactivos se les invita a girar durante 30 segundos en ambas direcciones, estimulando así su sistema vestibular, su tiempo de atención aumenta después del ejercicio en casi 30 minutos? (Sally Goddard, "Reflejos, aprendizaje y comportamiento“)

El sentido vestibular nos ayuda a mantenernos erguidos y en equilibrio. Nos informa de los movimientos y posturas que debemos adoptar en cada momento para luchar contra la fuerza de la gravedad y no caernos. Sin él no podríamos movernos libremente y sin miedo en el espacio que nos rodea.

Nos permite situar nuestro cuerpo en el espacio, saber si nos movemos o es el entorno el que se mueve, la dirección de desplazamiento de nuestro cuerpo, su velocidad… regulando nuestra postura para poder mantenernos erguidos, ajustando nuestro equilibrio, tono muscular y permitiendo la orientación espacial.

Posibilita la coordinación de los dos lados del cuerpo, de los movimientos de los ojos y la cabeza, para que ambos puedan ser independientes…e incluso tiene relación con el desarrollo del lenguaje (algunos aspectos del lenguaje están relacionados con la manera en que este sistema procesa la información).

• Sintiéndose a uno mismo: el sentido propioceptivo

¿Recuerdas la sensación de cuando eras pequeño y al sacarte de la bañera te envolvían en la toalla como si fueras un saquito mientras te acariciaban con firmeza? Esa sensación, que muchos de nosotros compartimos, es propioceptiva.

El sentido propioceptivo es el responsable de informar al cerebro sobre el emplazamiento de las diferentes partes de nuestro cuerpo y lo que están haciendo, de forma que pueda corregir posturas prácticamente de forma automática.

Por ejemplo nos ayuda a estar sentados de forma correcta, a utilizar una presión correcta al sostener un lápiz o escribir, al abrir una puerta… a no tener que comprobar cómo está colocado nuestro cuerpo para cambiar de postura, etc.

Nos ofrece información de nuestras articulaciones y músculos para que podamos regular movimientos de precisión y la fuerza que utilizamos en cada acto que realizamos. Sin él no podríamos utilizar ningún utensilio, o seriamos poco eficaces al hacerlo. De hecho cuando nuestro sentido propioceptivo está funcionando correctamente, realizamos ajustes automáticos de nuestra posición para realizar cualquiera de nuestros movimientos.

Pero ¿qué pasa cuando no funcionan bien?

Diferentes estudios han puesto de manifiesto que más de la mitad de los niños con desordenes de aprendizaje muestran signos de disfunción vestibular o propioceptiva, o ambas, aunque muchas veces estos se encuentren encubiertos o se confundan con otros síntomas.

Disfunción del sentido vestibular:

  • Tono muscular disminuido
  • Deficiencias en el equilibrio
  • Dificultades en el registro de la información visual
  • Pobre integración bilateral, entre otros

Disfunción del sentido propioceptivo:

  • Torpeza motriz
  • Dificultad para mantener cabeza y cuerpo erguidos
  • Realizar actividades coordinadas con las dos manos
  • También se observa falta de concentración, por inquietud postural, rigidez de tronco y ausencia de noción de peligro

¿Cómo podemos favorecerlos?

ESTIMULACIÓN VESTIBULAR

  • Juegos de giros y vueltas, con juguetes, columpios, caballitos, sillas…  Movimientos simétricos, juegos de equilibrio y desequilibrio, balanceos, circuitos psicomotrices, andar por encima de una cuerda, sobre superficies estrechas, escalar, la rayuela, saltar a la pata coja, dar vueltas, etc.

ESTIMULACIÓN PROPIOCEPTIVA

  • Masajes, caricias, pizquitas, rotaciones (como si escurriéramos ropa mojada)… siguiendo el patrón céfalo – caudal y próximo – distal
  • Envolver y abrazar con una manta, con mayor y menor presión
  • Estimular las plantas de los pies con plumas, cepillitos
  • Estar descalzos, pisar arena, hierba, etc.
  • Utilizar recipientes con agua a diferentes temperaturas (templado, más fresquito…) para que puedan introducir brazos y pies.
  • Comprensión en las articulaciones (muñecas, tobillos)
  • Jugar al “sándwich” con dos almohadas, con sus compañeros (tres niños)
  • Sentarse sobre cojines inflables de distinta dureza, sobre flotadores, pelotas…
  • Jugar a vestirse y desvestirse con distintos tipos de prendas y texturas
  • Empujar sillas y otros objetos, juguetes de arrastre…

La estimulación vestibular y propioceptiva debe incluirse en cualquier programa de estimulación, ya que facilita la activación de numerosas redes neuronales que están involucradas en el resto de los sistemas perceptivos.

Además debemos tener en cuenta, que una deficiencia es sus funciones puede conllevar también dificultades emocionales que acaben afectando a su autoestima (niños que se consideran torpes, que chocan con todo, que no pueden estarse quietos…).

También debemos tener presente que los niños con dificultades en estos sentidos ocultos tienen problemas para integrar correctamente la información sensorial que reciben del entorno. Por ello pueden sentirse abrumados ante estímulos habituales, o todo lo contrario, tener respuestas escasas, porque esta estimulación no les llega con la suficiente claridad para que puedan interpretarla.  

Afortunadamente la vida diaria les brinda múltiples oportunidades de desarrollar ambos de forma natural, siempre que facilitemos el movimiento y el contacto.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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Erase una vez… el poder de los cuentos

Erase una vez, el poder de los cuentos

En 1794 un niño tuvo que someterse a una operación para que le quitaran un tumor. En esa época no existía la anestesia, de forma que lo único que le pudieron ofrecer a ese niño para distraerle fue un relato. Cuando terminó la operación el niño dijo no haber sentido ninguna molestia, ya que había estado muy entretenido con el cuento. Dieciocho años más tarde este mismo niño entrego su primer cuento a un editor. Se llamaba Jacob Grimm y su cuento “Blancanieves”

¿Quién no recuerda uno de los cuentos que le contaban cuando era pequeño? ¿Quién no tiene un cuento favorito?

Ese cuento que, a las profes, les digo que lo conviertan en su cuento personal, ese que contar siempre a los niños en cualquier ocasión, ya que al repetirlo a menudo y al contar con la motivación que supone para el que lo cuenta, garantiza un éxito seguro y afianza las redes neuronales que se están desarrollando en nuestros pequeños alumnos o en nuestros hijos.

Los beneficios que suponen los cuentos para los niños van mucho más allá de las que todos conocemos relacionados con el desarrollo del lenguaje.

Y es que a través de ellos, los niños, y los adultos que los contamos, nos convertimos en otros, despertando en ambos, la imaginación, la creatividad, la escucha activa…

Y la activación de los dos hemisferios cerebrales, ya que no solo favorecen el desarrollo del lenguaje (hemisferio izquierdo) sino también contienen un ritmo, una entonación, una melodía… que desarrolla también el hemisferio derecho. Como dice Begoña Ibarrola, un referente en el estudio de los cuentos infantiles: “notas musicales que bailan sobre un papel”.

Los cuentos y las emociones

Entre los mayores beneficios que los cuentos van a aportar a los niños, se encuentra el conocimiento y el desarrollo de las emociones y la empatía. Porque no hay cuento que no despierte emociones, y como ya sabemos, las emociones influyen y mucho en el desarrollo de nuestra corteza cerebral, de nuestra razón.

Los cuentos permiten a los más pequeños experimentar con las emociones: pueden vivir la alegría del baile de la Cenicienta, la envidia de las hermanas, la tristeza del patito feo, la maldad de las madrastras… en un entorno seguro, en casa, con sus padres, sabiendo que lo que están sintiendo no puede alcanzarles.

E inician el desarrollo de la empatía, esa capacidad tan necesaria de ponernos en el lugar del otro, y en la que están tan implicadas nuestras neuronas espejo, y que se va a convertir en una habilidad fundamental para la vida.

El valor del "malo"

Nuestros queridos cuentos les permiten identificarse con el personaje que deseen, sea “bueno” o “malo”, porque…  ¡hay que reivindicar el papel de los malos! Ya que sin ellos, entre otras razones, no podríamos identificarnos con los buenos.

Y ese proceso de identificación enriquece el desarrollo de su identidad, que está en plena construcción. Y también de su autoestima, no en vano, los cuentos fomentan el desarrollo de los valores morales, además de las tradiciones culturales tan importantes en cada sociedad.  

Toma de decisiones y conflictos

Gracias a ellos los más pequeños se entrenan en el proceso de toma de decisiones, si les ayudamos realizando las preguntas adecuadas: “¿qué harías tú en su lugar?” “¿cómo podríamos solucionarlo?”.

 De esta forma también creamos enlaces entre su mundo real e imaginario, e incluso con su mundo interior, ya que gracias a estar viviendo la ficción, pueden mostrarnos muchas de las cosas que sienten y de las que ni siquiera son conscientes.

Así damos espacio a esos “rincones oscuros” y a esos conflictos internos que pueden vivir, como los celos por un hermano (tan presentes en los cuentos tradicionales), o esos miedos infantiles que todos hemos sentido, como el miedo a perderse (Hansel y Gretel) o a perder el afecto de nuestros seres queridos.

¿Cuál es el mejor cuento?

El mejor cuento será, probablemente, el que contemos con más emoción, ya que lograremos transmitir mucho mejor lo que sentimos y llegará con más fuerza a los niños convirtiéndose también en su favorito.

Afortunadamente hay muchos donde elegir, y con una gran variedad de temáticas que nos van a permitir desarrollar casi cualquier contenido, ya que el valor de los cuentos es incuestionable desde un punto de vista pedagógico.

Pero en este artículo queremos reivindicar la importancia de los cuentos tradicionales, ya que, aunque pueda parecernos que su contenido puede ser muy duro para los niños pequeños (lobos que comen cerditos, niños abandonados, niñas esclavizadas…) cumplen un papel importantísimo en el desarrollo emocional del niño. Y todos hemos podido comprobar cómo, al final, necesitamos al lobo para canalizar nuestros miedos (pobres lobos…).

El poder de los cuentos además hará, que esos niños que tanto los disfrutan, tengan muchas más posibilidades de convertirse en grandes lectores. O… escritores, quién sabe, quizá ya haya muchos Grimm entre nuestros pequeños.

Bibliografía:Ibarrola, B. Cuentos para sentir: educar las emociones. Ed. SM

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

https://neuropedagogiainfantil.com/

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