Siete actuaciones indispensables para la etapa infantil según la Neuropedagogía

Hace unos días volví a la facultad, aunque no a la mía, y en esta ocasión como profe para contarles a los futuros docentes de infantil, lo que la Neuropedagogía puede aportar a su trabajo. Al principio me costó centrarlo porque ¿cómo explicar en una sola hora lo que era más relevante? pero luego fueron surgiendo aquellos aspectos que me parecieron más importantes o al menos más llamativos. Ya que como dice la neurociencia y Francisco Mora, “sin emoción no hay aprendizaje”.

Hoy os cuento algunos de ellos en este artículo por si os sirven de apoyo en vuestro trabajo, con vuestros hijos o simplemente para que sepáis algo más de cómo funciona el órgano encargado del aprendizaje: nuestro cerebro.

Empezamos… 

1. Conocer y respetar el desarrollo individual de cada niño

Es imprescindible conocer cuáles son las actuaciones habituales de los niños de cada edad en las diferentes áreas de desarrollo para saber qué podemos pedir y que podemos esperar. Pero también es imprescindible conocer a cada niño de forma individual para poder hacer un seguimiento efectivo de su desarrollo, ya que no todos los niños de la misma edad tienen las mismas habilidades.

Conocer cuál es su ritmo nos ayudará a realizar un seguimiento más adecuado y ajustado a sus necesidades, y para ello la evaluación inicial es un estupendo recurso.

Pero además, respetar ese desarrollo implica no adelantar etapas, es decir, debemos favorecer que siga a su ritmo completando todos los hitos más relevantes (como ya hemos comentado en otro post, pero que por su importancia no podemos dejar de mencionar).

2. Dar información y no demandarla

La tentación de preguntar a los niños para valorar sus conocimientos es muy fuerte en todas las etapas educativas, también en infantil. Pero precisamente en estos primeros años los niños tienen “un cerebro que llenar”, un montón de conexiones sinápticas que hacer… y cuando hacemos preguntas ponemos a sus cerebros en modo “salida” de información, en cierto modo, en alerta (como cuando el profesor iba a preguntarnos y nos poníamos tensos y ya no podíamos atender a nada que no fuera elaborar la respuesta).

Y esta es una etapa en la que hay que activar las áreas de entrada, ofreciendo información sin pedir tantas respuestas para ayudarles a crear conexiones. Y no debemos tener miedo a dar mucha información, cada uno de nuestros pequeños alumnos se quedará con la información que pueda procesar, que le resulte más motivadora o que haya podido enlazar con otra información significativa relacionada.

Lo que sería erróneo es tratar de que se aprendan todo ese “exceso” de información que le hemos dado.

Ofrecerle mucha información les ayuda, exigirla les perjudica.

3. Repetir y enlazar aprendizajes significativos

Cuando los niños repiten una y otra vez la misma actuación, el mismo cuento, la misma película, afianzan las redes neuronales que han creado relacionados con estos aprendizajes mielinizando esas redes (recubriéndolas de una sustancia grasa que favorece que no se pierda la conexión entre las neuronas).

Lo mismo sucede cuando enseñamos algo a nuestros alumnos y lo repetimos con una duración corta y una frecuencia alta (por ejemplo todos los días durante poco tiempo). Logramos que el aprendizaje se fortalezca.

Cuando lo hacemos de la misma forma solo hacemos más fuerte esa red, en cambio, cuando lo realizamos de diferente forma la ampliamos, haciendo que otras neuronas o incluso otras redes se enlacen, lo que hace que se haga más relevante al haber integrado diferentes áreas cerebrales. Lo mismo sucede si incorporamos información nueva o si utilizamos diferentes canales (sensoriales, motores, lingüísticos) para presentarla.

La Neuropedagogía nos ha enseñado que para fijar el aprendizaje, además de la repetición y la variación, es conveniente que se pueda enlazar con otros, ampliando así unas redes con otras, buscando la transversalidad, ya que el cerebro no aprende por departamentos estanco, sino que enlaza en sus redes aprendizajes con puntos en común. 

4. Cuida el ambiente sensorial

Otro complemento que los niños traen “de serie” es una atención “dispersa” que les permite aprender muchas cosas, que luego irá fijando o eliminando, en muy poco tiempo. Esa es la verdadera razón de que los niños de infantil tengan tiempos cortos de atención: necesitan aprender mucho, y si su atención fuera más sostenida, se limitarían sus entradas de información, y esta es también es la razón de que debamos facilitarles el poder focalizarla en lo que es más relevante en algunas ocasiones.

Y para ello tenemos que cuidar el ambiente sensorial que les rodea, ya que el tálamo (una estructura del sistema límbico que se encarga de filtrar estímulos y activar la atención) tampoco es tan eficaz haciéndolo en esta etapa como será después.

Por eso un aula, o una habitación, llena de colores, dibujos, luces… no es lo más adecuado para ayudarles a focalizar la atención.

Y en cambio sí favorecerá la fijación de aprendizajes si la propuesta sensorial que les hacemos implica el máximo número de sentidos posibles  sin caer en la sobreestimulación (más sentidos, más redes; más redes, aprendizajes más estables).

5. A través del movimiento “vemos” cómo funciona el cerebro

El movimiento es el que articula todas las áreas de desarrollo en la etapa infantil. Gracias al movimiento se pueden desarrollar más y mejor todos nuestros sistemas sensoriales e incluso nuestro lenguaje.

Un niño que se mueve experimenta con sus sentidos constantemente, crea nuevas conexiones y las fortalece, se siente autónomo y capacitado y además también favorece su lenguaje.

Ya que el lenguaje guarda una estrechísima relación con el movimiento, no en vano necesitamos el movimiento de todo nuestro aparato fonador para hablar, y en concreto el movimiento de nuestras manos va intrínsecamente unido a nuestro lenguaje (aunque esto ya es otro tema).

El movimiento nos permite desarrollar todas nuestras capacidades, y esto es muy importante porque “lo que no se usa, se pierde”. Y es que nuestro cerebro tiene una capacidad limitada, y necesita liberar espacio de aquello que no usamos, teniendo un mapa sensorial y motor de cada una de las partes de nuestro cuerpo que se activa y se potencia cuando nos movemos.  

Un niño con un buen desarrollo motor, con habilidades motoras acordes a su edad y maduración, es un niño con un buen desarrollo cognitivo. No en vano el primer, y más eficaz, instrumento para aprender en la etapa infantil, es su propio cuerpo.

6. No confundir la entrada, el procesamiento y ... la salida

Cuando el niño tiene un problema en su desarrollo es habitual que solo nos fijemos en el síntoma, en lo que podría ser la “salida” e incluso la falta de salida. Pero a veces la propia luz no nos deja ver el bosque… Un ejemplo claro son las dificultades de lenguaje en la etapa infantil. Por ejemplo ante la ausencia de lenguaje expresivo o cuando el pequeño presenta una mala pronunciación, tendemos a pensar que se debe a un trastorno en aspectos relacionados con el aparato fonador. Pero a veces el problema se debe a la entrada, a un oído que no recibe bien la información (en muchas ocasiones por los mocos que acompañan a esta etapa) o al procesamiento que el cerebro debe hacer de la información que recibe el oído que debe combinar con el otro oído y convertir en señales eléctricas, que son el lenguaje de nuestro cerebro para poder interpretarlas.

Nuestra función no es saber qué pasa, pero sí ser prudentes para evitar que estemos trabajando el síntoma de la dificultad y no el origen, lo que puede llegar a ser muy frustrante para los niños ya que no consiguen los resultados esperados.

Una mala comprensión lectora no suele solucionarse leyendo mucho, porque el problema se mantendrá y aumentará la frustración, una dificultad en el lenguaje no siempre se solucionará trabajando praxias, porque quizá el niño no oye bien o no procesa bien lo que oye, un niño con TDAH no mejorará porque se le invite a no moverse (más bien al contrario), etc.

7. Ser un docente emocionante

El cerebro del niño de 0-6 es fundamentalmente límbico. Es decir, es un cerebro emocional, ya que las fibras que conectan el sistema límbico con el córtex (nuestro cerebro más evolucionado y responsable de las funciones ejecutivas) aún no están maduras. Por eso pretender que un niño menor de seis años nos dé respuestas racionales es, en gran medida, una quimera.

Nuestra etapa se caracteriza por la falta de regulación emocional, que es una función del córtex que aún no está madura, de ahí que vivamos momentos tan intensos emocionalmente y tan variables (ahora están felices, dos minutos después lloran amargamente). Y por vivir cada experiencia con toda la energía, la intensidad, la emoción… ¿Qué mejor manera que acceder a ese cerebro en desarrollo, límbico, que desde la emoción, la sorpresa, la diversión?.

 Todos los aprendizajes que planteemos desde esa emoción y que comprometan la propia actividad del niño serán mucho más eficaces, duraderos y gratificantes.

Pero además es algo muy sencillo de lograr en esta etapa, ya que genéticamente vienen preparados para que todo les resulte interesante (acordaros, tienen un cerebro que llenar). Y además hasta los cuatro años no existe para ellos el aburrimiento, porque su aprendizaje aún no es consciente. Así que cualquier actividad, juego, que les propongamos será bien recibido si conseguimos despertar su interés, si llamamos su atención.

Ya que, por cómo está configurado nuestro cerebro, TODO lo que aprendemos pasa por un filtro emocional antes de convertirse en racional. Importante, ¿verdad?

Y si dudáis de ello pensad en el primer recuerdo que tengáis de vuestra infancia seguro que va asociado a algo emocional, un acontecimiento inesperado, una sorpresa, un momento divertido, triste…

Nuestras emociones nos manejan, convirtámoslas en un aliado para disfrutar aún más de nuestra profesión, de nuestros hijos…

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

https://neuropedagogiainfantil.com/

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