Errores por amor

¿Cuántos errores comentemos por amor?

Hace pocos días tuve la suerte de que, casi por azar, escuché hablar a Mar Romera sobre educación, familia, crianza y pandemia, y digo tuve la suerte porque siempre es un placer escuchar una voz sensata en este batiburrillo actual de lo que yo llamo “Pedagogía del buenismo”.

Esa Pedagogía que, con toda la buena intención, y en muchas ocasiones mal entendida, hace que la infancia se convierta en un “todo vale”. En una ausencia de límites, que lleva a niños inseguros, en un “no intervenir” que lleva a niños con dificultades, y en familias cuyo amoroso interés les lleva a leer todo lo que cae en sus manos.  Y a aplicar, sin reflexionar antes, el colecho, el BLW … iniciándose en estrategias o pedagogías con las que no obtienen lo que esperaban o se convierte en una fuente de conflicto. 

Porque ninguna pedagogía es buena cuando no coincide con nuestra forma de ser y de pensar como padres, porque… no lo haremos bien.

Mar dijo dentro de su discurso, lo que hoy da título a esta reflexión: errores por amor, dirigiéndose a aquellas cosas que hacemos las familias por amor a nuestros hijos pero que se convierten en errores porque acaban perjudicando a los niños, e incluso yo añadiría, y a ellos mismos.

Hoy, con permiso de Mar, por robarle la frase, quiero hablaros de esos errores por amor con un toque de humor. De esos tan frecuentes que observo a diario en las Escuelas, en los colegios, en los parques… y que los padres cometemos siempre con la mejor de las intenciones.

• Aplicar todo lo que es bueno sin reflexionarlo

Todas las tendencias pedagógicas tienen siempre algo bueno que ofrecernos, pero no siempre se ajustan a cómo somos, a nuestro tipo de familia, al tiempo que tenemos… antes de lanzarnos a realizarlas debemos preguntarnos: ¿esto es positivo para mi hijo? ¿Y para mí? ¿Lo voy a hacer con continuidad o lo voy a dejar cuando crea que no me funciona o cuando me dé cuenta de que me supone un esfuerzo adicional? ¿Tendré tiempo para hacerlo? ¿Creo realmente en ello?

Últimamente me encuentro con muchas consultas de familias relacionadas con la aplicación de todo tipo de metodologías y estrategias que en lugar de ser un apoyo para ellas y su día a día, se han convertido en una fuente de conflictos y dificultades. 

No se debe aplicar la metodología Pikler como está sucediendo en muchas escuelas y centros infantiles sin conocerla bien, tampoco se debe empezar BLW (Baby Led Weaning, método de alimentación complementaria autorregulada) si no me he informado con detalle de cómo se hace y de si tengo las condiciones necesarias para poder llevarla a cabo con éxito.

Pikler requiere conocimiento, BLW requiere que esa introducción de alimentos sólidos sea “complementaria” a la lactancia, el colecho requiere que ambos progenitores estén de acuerdo y sea un apoyo y no un problema… en definitiva, no nos dejemos influenciar por lo que hacen los demás, o por lo que consideramos bueno, y valoremos lo que vamos a hacer antes de volvernos locos y arrastrar en esa locura a nuestros niños.

Porque todo lo que hemos comentado (Pikler, BLW, colecho…) es positivo para el desarrollo infantil, pero hay que conocerlo y reflexionarlo antes de iniciarlo.

• Antes siempre es... peor

Es difícil no caer en este error por la sociedad competitiva en la que vivimos, pero este amoroso error, puede tener consecuencias negativas muy relevantes para nuestros hijos pequeños. El desarrollo de un niño sigue unos hitos, unos momentos especialmente relevantes que se cumplen en todas las culturas, en todos los países y en todos los niños del planeta (son universales), como por ejemplo los momentos en los que se arrastran, gatean, andan o hablan.

Convertir en una competición el paso por cada uno de ellos es privar a los niños de las ventajas que les da cada pequeño escalón de esa escalera de desarrollo que está viviendo y para los que viene preparado cognitivamente “de serie”. Un ejemplo habitual de ello es intentar adelantar la locomoción llevando a los niños de las manos cuando aún no andan. Su cuerpo aún no está preparado para ello, y limita el tiempo de la etapa “real” en la que realmente se encuentre el pequeño en ese momento y de la que va a obtener muchos beneficios físicos y cognitivos. Otro ejemplo frecuente es intentar adelantar el control de esfínteres cuando es un proceso madurativo y personalizado de cada niño, que no se va a adelantar por mucho que le siente en un orinal, con la mejor intención, meses antes de que esa maduración se haya producido.

Incluso sigue siendo demasiado frecuente escuchar a familias que piensan que el desarrollo motor de su hijo fue estupendo porque andaba con diez meses… siendo muy probable que esa locomoción tenga muchas carencias, porque se ha saltado muchos pasos, muchos escalones, para conseguirlo tan pronto.

En definitiva, generalmente antes es peor. Reconduzcamos esa prisa en que disfrute de cada etapa y nosotros con él.

• Cuando proteger es desproteger

Este es el error más fácil de entender, pero también por ello uno de los más peligrosos. Cualquier padre, madre, haría cualquier cosa por proteger a su hijo del peligro. Pero el error es cuando ese peligro no es tal, o cuando nos adelantamos a proteger sin dejarles primero probar, experimentar y confundirse para tener la oportunidad de salir victoriosos.

Muchos de nosotros recordamos esa primera vez cuando nuestros hijos en el parque subieron solos al tobogán y esperábamos abajo, casi cruzando los dedos, esperando el desenlace. Pues bien, hay que preguntarse si realmente están capacitados para probar lo que desean hacer, medir los riesgos, y, si la respuesta sea positiva, dejarles y confiar en ellos (se pueden cruzar los dedos dentro del pantalón para que nadie nos vea).

Proteger no es limitar lo que sí pueden hacer, y tampoco es quitarles piedras del camino, ni evitar que se lleven un mal rato. Porque todos los momentos brindan aprendizajes. Y salir victorioso de situaciones difíciles aumenta su autonomía y autoestima de una forma que no van a lograr si lo hacemos nosotros.

• Cuando los límites ayudan

Empieza a ser frecuente que se confunda la experimentación del niño, la actividad libre de la que obtiene muchos beneficios, con la ausencia de límites o con permitir que los niños hagan lo que deseen siempre que quieran.

Los límites son imprescindibles en la etapa infantil (también más adelante) ya que ofrecen seguridad a los pequeños. Les ayudan a evitar peligros y a saber lo que pueden hacer y lo que no, lo que es seguro y lo que no lo es. Y ese papel, y esas decisiones, nos corresponden a las familias. Nunca a los niños.

Mantener pocos límites pero firmes y consensuados entre los progenitores, que obtengan siempre una misma respuesta cuando se incumplen (y a ser posible relacionada con la falta), es necesario para el desarrollo del niño.

• Las rutinas estrictas

En el otro extremo encontramos aquellas familias que, conscientes de lo importante que es para los niños vivir en un entorno predecible, con rutinas marcadas y similares, las convierten en un horario inflexible que acaba dificultando la armonía familiar (no permitiéndose salir de esos horarios bajo ninguna circunstancia). No pasa nada por comer el fin de semana un poco más tarde y disfrutar un poco más del sol o de la compañía, no pasa nada por bañarle un poco más pronto/tarde de lo habitual cuando es un hecho puntual, no pasa nada si un día no podemos cumplir con la rutina de cuento y a dormir. Todas estas situaciones también ayudan a los niños a aprender que se puede permitir cierta flexibilidad sin que haya consecuencias negativas. De lo contrario podemos crear niños rígidos, que reclaman con insistencia que todo suceda de una forma predecible. Y eso no siempre puede ser y ni siquiera es positivo. El mundo está lleno de cambios, las rutinas son importantes porque aportan seguridad y equilibrio, pero hay veces que no podemos seguirlas a rajatabla y… no pasa nada.

• Cuidado con lo que refuerzas

No hay nada más importante para un niño que la atención del adulto. Y esto es así porque el cerebro está orientado a la supervivencia y, especialmente en esta etapa, esa supervivencia depende del adulto.

Por ello es importante que todo aquello que queramos evitar no lo nombremos delante del niño ni fijemos nuestra atención en ello por muy difícil que nos resulte. Un niño que ha mordido a un compañero (en la etapa de bebes y uno-dos años es muy frecuente, y es evolutivo y no mal intencionado) y que escucha a su profesora decírselo a sus padres, que sus padres se lo digan a la abuela, al conserje, a las vecinas… quizá tenga una buena razón para repetir esta conducta. Ha obtenido una gran atención.

Un niño mal comedor que nota la angustia de sus padres en el momento de la comida, o que sabe que evitando un plato conseguirá otro que le gusta más, volverá a repetirlo. Porque afortunadamente cuenta con un cerebro inteligente.

Tenemos la tendencia, padres y educadores, en fijarnos más en lo que es inoportuno o no conveniente, que en todas las cosas estupendas que aprenden y hacen a lo largo del día. Y estas últimas son muchas más susceptibles de contar con nuestra atención y refuerzo.

En definitiva, a lo largo de nuestro largo aprendizaje como padres y madres cometeremos muchos errores, y prácticamente todos ellos, serán por amor. No pasa nada por equivocarse, forma parte del aprendizaje, e incluso es muy positivo decirles a nuestros hijos que nos hemos equivocado. Pero quizá esta pequeña reflexión nos ayude a evitar algunos de ellos, y eso, tampoco nos viene mal.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

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