Quiérele cuando menos lo merezca...

Este fin de semana, en una de nuestras escuelas de familias, con las que disfruto (y aprendo) muchísimo, salió esta frase que ya empieza a ser muy conocida: “Quiérele cuando menos lo merezca, que será cuando más lo necesite”.

Y es que las familias, afortunadamente, cada vez saben más de la importancia del afecto para el desarrollo infantil, pero no todas conocen hasta qué punto, las conductas disruptivas, las emociones tan intensas, las rabietas, los mordiscos… son producto de su funcionamiento cerebral. Y no de un intento de manipularnos, de ir contra nosotros o de molestarnos. Simplemente dan la única respuesta que su cerebro, en ese momento, está preparado para dar.

Y el cerebro infantil aún no tiene madura la corteza (la parte más evolucionada de nuestro cerebro) que le permita racionalizar lo que siente, inhibirse, planificar que sucederá dependiendo de lo que haga, etc. ya que los enlaces, los caminos neuronales, entre el sistema límbico (emocional) y el córtex cerebral (racional) aún no están creados ni funcionan de forma coordinada como lo harán después.

La reflexión que debemos hacer es si, en esos momentos de rabieta, en los que patalean en el suelo (mucho peor si además es en un sitio público) estamos preparados para ser su corteza cerebral. O dicho de otra forma, si podemos mantener la calma que ellos necesitan para recuperar la suya.

que será cuando más lo necesite

Efectivamente, en esos momentos de rabieta, de emociones descontroladas, nos necesitan. Ya que por sí mismos no van a saber salir del bucle emocional en el que se encuentran y que además, va inundándoles de cortisol, una hormona asociada al estrés que es el mayor enemigo del cerebro.

Y como somos su modelo debemos aprender a regularNOS para poder regularLES, y lamentablemente no siempre disponemos de herramientas eficaces que nos ayuden con nuestro propio control emocional.

Aprender a conocernos emocionalmente lleva tiempo y reflexión, pero mientras iniciamos ese camino personal queremos ofreceros algunas herramientas que pueden ayudaros.

Y no, no van a hacer desaparecer las rabietas, porque las rabietas también son necesarias para el desarrollo cognitivo del niño y para su aprendizaje, pero quizá puedan ayudarnos a que nuestras actuaciones del presente les ayuden ahora, y en el futuro.

Herramientas eficaces

  • Aislarnos de las emociones del niño, ya que estas son muy contagiosas, y nosotros debemos mantener la calma. Y aislarnos no implica ignorarles, ni mucho menos. Supone respirar, contar hasta diez y encontrar primero la calma en nosotros para dar respuestas adecuadas antes de pasar a la acción.
  • Prestar toda nuestra atención al pequeño y a lo que le está sucediendo, escuchándole tanto verbalmente como con nuestro cuerpo, con nuestra mirada (colocándonos a su altura, manteniendo el contacto visual…). Quizá en ese momento el niño no querrá hablar con nosotros e incluso puede que tampoco quiera que estemos con él, pero al menos debe saber que si nos necesita vamos a estar ahí.
  • Validar sus emociones, ya que todas las emociones debe sentirlas, debe experimentar con ellas, para poder aprender a manejarlas de forma correcta. Ya que todas ellas le van a aportar algo (el miedo nos protege del peligro, la ira nos ayuda a defendernos y a superarnos, la tristeza nos ayuda a sobrellevar lo que nos ha pasado dándonos tiempo…). Validar la emoción supone ponerle nombre, para que ellos puedan identificarla (y también porque cuando lo hacemos, la amígdala, que se activa en esos momentos de frustración, se relaja).

¿Cómo se valida una emoción cuando es negativa?

Tendemos a creer que si validamos la emoción validamos la conducta, y puede que la conducta no sea la adecuada, pero emoción y conducta son dos cosas diferentes.

La emoción es incontrolable, innata, contagiosa, inmediata… y nadie puede evitar sentirla, ¿verdad que no puedes dejar de enfadarte cuando alguien se porta mal contigo?, pero en cambio el hecho de que se porten mal conmigo no quiere decir que deba agredirles (conducta)

Es decir, el niño tiene derecho a estar enfadado pero no a pegarnos o a pegar a su hermano, o a romper el juguete. Validar la emoción es hablarles desde nuestro hemisferio derecho, desde nuestra empatía: “entiendo que estás enfadado porque…” . De esta forma le ayudamos a hacer algo que él aún no puede, racionalizar la emoción y además sentirse acompañado en ella.

  • Tener expectativas positivas sobre el niño, tener confianza en él y en su capacidad, y hacérselo saber con nuestra actitud y con nuestro lenguaje; “confío en ti, eres capaz de esperar un poquito, de recoger los juguetes…”. Las expectativas se cumplen, así que mucho mejor si son buenas.
  • Darles el poder de poder resolver su dificultad cuando puedan hacerlo, en vez de hacerlo por ellos. “Entiendo que te has enfadado porque querías ese juguete pero no puedes quitárselo, ¿qué crees que puedes hacer?”. Veréis que ellos mismos os dicen “esperar”, “pedirlo por favor”, etc.
  • Evitar el “no pasa nada”, nos han enseñado a minimizar nuestras emociones, a que evitemos llorar si nos caemos, a que evitemos la rabia cuando algo no sale como queremos… Las emociones hay que dejarlas fluir, negarlas no es el camino.
  • Ni tampoco “castigar” a la mesa con la que hemos tropezado y decirle que es tonta, porque atribuir a objetos inanimados conductas no les ayuda a comprender lo que les pasa, pone una “tirita” (devolver el daño) que ni es positiva, ni les ayudará para el futuro.
  • Pon límites. los necesitan, les ayudan a desenvolverse en su entorno y les ofrecen una seguridad que necesitan sin ninguna duda. Para que sean efectivos deben ser: claros, pocos (solo los necesarios), consensuados por ambos padres, y coherentes (que se mantengan siempre y no dependan de nuestro estado anímico).
  • Mejor consecuencias que castigos, y es que castigar no enseña, o mejor dicho, no es lo más efectivo para lo que buscamos, que es que se responsabilicen de sus actos. Es mucho más efectivo enseñarles que lo que hacemos tiene consecuencias, y que si lo que hacemos no está bien, las consecuencias serán acordes a ello.

Por ejemplo si sale corriendo por la calle y cruza una carretera y  la consecuencia será que no podrá ir por la calle sin ir de la mano hasta que vuelva a ganarse nuestra confianza. Y se lo diremos sin enfadarnos, para que sepa que es una consecuencia de lo que ha hecho, y no un castigo. 

(Además si las consecuencias tienen que ver con la falta cometida, el cerebro las integra  y asocia mejor).

Y el amor, siempre, incondicional

Y aunque podríamos seguir, para no hacer aún más largo este post, queremos recordaros algo muy muy importante: el amor debe ser siempre incondicional. Es necesario para ellos y para nosotros. 

Desterremos de nuestro vocabulario las amenazas relacionadas con el afecto “si haces eso no te querré”. No son verdad y les hacen daño a ellos, y a nosotros.

 Lo que debemos transmitir con nuestra presencia, nuestra cercanía, nuestro lenguaje y nuestras actuaciones,  es que “siempre te querré, incluso aunque en algún momento no me guste lo que hagas”.

Ana Muñoz

Pedagoga especializada en Educación y Neuropedagogía infantil

https://neuropedagogiainfantil.com/

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